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    En los primeros años de la guerra del 1868 llegó a la Villa de Santa Clara un comandante Español que se sintió molesto de verse rodeado por jóvenes con barbas y bigotes y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo sin solicitar consejo prudente dictó el bando siguiente:

    “Resultando que he visto con bastante extrañeza que los naturales de esta Villa se permiten usar largos mostachos remedando a los hijos de España que ostentan con orgullo esta característica de abnegación y valor. (…) que está en mi deber impedir confusiones que ocultan a los desleales laborantes y desafectos que por otra parte se han hecho indignos de usar bigotes, Ordeno y Mando: que desde hoy en adelante los hijos de esta Villa sin permiso de autoridad usen bigotes.”

    Dentro de los tres días siguientes a la publicación de este bando todos los semblantes deben estar rasurados, bajo pena de muerte o de destierro según los casos. Un vecino de esta Villa con su humor característico escribió y se hizo circular clandestinamente la décima siguiente:

    Tiene una fuerza Sansón

    en la punta de cabello

    en la joroba el camello

    y en las garras el león.

    En los dientes el ratón,

    en el pico el pajarote,

    en la palanca el garrote,

    en la concha el caracol

    Y el coronel español

    En su chivo y su bigote.

     (Escrito por Marta Anido Gómez-Lubián, promotora cultural, profesora e historiadora.)

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     tren cienfuego

    En la primera mitad del siglo diez y nueve llegó a Villa Santa Clara el primer tren procedente de Cienfuegos. El periódico El Eco invitó a la inauguración publicando que el tren con los primeros viajeros venía arrastrado por una locomotora de doscientos caballos de fuerza. Fue grande el entusiasmo entre los vecinos para acudir a la llegada del tren.

    Llamó mucho la atención que en la explanada del paradero aparecieron los isleños vecinos del Capiro y de fincas colindantes con sus bestias cargadas de yerba y maloja. A la llegada del tren los isleños se precipitaron con peligro de sus vidas a ofrecer a maquinistas y conductores el forraje para los caballos. Esto ocasionó un conflicto de orden público y tuvo que intervenir la autoridad.

    Resultado, apaciguado este incidente motivado por la más inocente estupidez el director de la vía les dirigió la palabra a los isleños manifestándoles que los caballos del tren no comían yerba, que comían fuego y necesitaban leña. Más tranquilos se marcharon los proveedores de yerba comentando “Compay, si son caballos de fuego de qué diablo van a tener los dientes sino de hierro”

     (Escrito por: Marta Anido Gómez-Lubián, promotora cultural, profesora e historiadora.)

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