Nuestra Región
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    Una mañana del mes de mayo, un robusto muchacho que prestaba sus servicios como mandadero en una hacienda al Norte de la Villa, estuvo en misa, en la ermita de la “Divina Pastora”. El joven quedó prendado de una linda muchacha, hija del sereno de la Villa. Entusiasmado, por los encantos de la joven,  no prestaba asuntos a sus obligaciones y servía mal en sus faenas del campo.

    De tarde, cuando el sol se ocultaba, el muchacho recogía algunas flores silvestre y se encaminaba a la Villa, para dárselas al ídolo de su amor. La muchacha se llamaba Esperanza, era una moza, alta y robusta, de negros ojos. No dio Esperanza entrada al amor del muchacho, y si aceptaba las flores y las múltiples demostraciones de amor, era por amistad.

    Una tarde al regresar del campo, conduciendo su ganado, el muchacho se enteró que Esperanza estaba enferma en cama. Encerró el ganado en el corral y montado en su potro voló hasta ganar la Villa.

    En ese momento se reunían en la casa de Esperanza todos los vecinos y un curandero, que hacía las veces de médico en la Villa, llegó el muchacho asustado y temeroso. Era necesario ir a las lomas del “Escambray” y traer ciertas hierbas para hacer de ellas un cocimiento para devolver la salud a su amada Esperanza. En ese momento no había en toda la Villa una diligencia, ni un mandadero que se prestara. El curandero recomendó que era caso de urgencia y había que ganar tiempo, pues de eso dependía la salvación de la muchacha.

    Al instante montó el joven sobre su potro corriendo por las sabanas y saltando obstáculos, volaba el jinete en medio de la oscuridad de la noche. Como conocedor de aquellos montes, llegó rápidamente al arroyo del “Escambray” y cruzarlo, amarró su potro y subió al monte, su corazón estaba lleno de esperanzas. 

    Entre picos ásperos y largos buscaba las hierbas recomendadas y que él conocía. Encontró un montón de la hierba, que cubría un nido, echó fuera el nidal y arrancó con segura mano las hierbas, así pudo reunir una buena cantidad.

    De regreso a la Villa, llegó el muchacho a la casa de Esperanza y causó una gran sorpresa que encontrara las hierbas, que devolverían la salud a la muchacha que se quejaba continuamente en su lecho.

    Pasaron los días y los meses, y una tarde, de fiesta, cuando Esperanza con otras amigas paseaba por la Plaza, el joven se dirigió a ella, y le declaró su amor. En aquella declaración entusiasta, humilde y elocuente, donde puso toda la sinceridad de su alma, fue rechazada, enérgicamente con un brusco arranque de soberbia y vanidad. No era posible que la hija de un sereno pudiera querer a un humilide labrador y mandadero de una hacienda, el nivel social, para ella no era igual y no podía siquiera dar una esperanza de consuelo. Aquel jóven sufrió el más horrible de los desengaños.

    Una mañana como de costumbre, llevaba su ganado a través de los potreros, un toro, ensoberbecido, embistió a su caballo causándole heridas al jinete que fue ensartado en los cuernos de la bestia que le causó en el acto la muerte.

    La noticia de la muerte del joven causó tristeza en todas las haciendas y en toda la Villa, donde se le dio cristiana sepultura, una tarde, en el atrio de la iglesia. Ni una flor ni una oración tuvo para el pobre joven, la ingrata Esperanza, que no sintió, al paso del cadáver, ni el agradecimiento por haberle salvado a ella la vida.

    A los pocos días apareció en lo alto del campanario de la ermita de la “Divina Pastora”, una calabaza, florida, que fue por toda la vida el horror de Esperanza, que la contemplaba con temor y remordimiento.

    Esa calabaza que por obra del arte surgió desde entonces, desde lo alto de la torre donde están las campanas, señala a la juventud un hecho, indica al caminante un suceso y simboliza, que un amor sincero y puro, fue rechazado por el orgullo de una joven.

    Desde lo alto de la torre, la calabaza es respetada por el tiempo y por los hombres, y es contemplada por todos los que transitan por aquella barriada, que quizás ignoren el por qué de existir en lo más alto de la torre “La calabaza de la Pastora”.

    (Fuente: García Garófalo, Manuel (1925): Leyendas y tradiciones villaclareñas.)

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    No hubo en nuestros campos, en épocas pasadas, un lugar que no tuviera un «güije», siempre que existiera un río con una poza profunda, rodeado de yamaguas, cañas bravas o esbeltas macaguas; propicia para la vida apacible y huidiza de estos seres mitad pájaros, mitad cuadrúpedos, creados por la fantasía popular, que los circunscribió a la vasta región que va de Las Villas a Oriente, ya que no hay noticias de que hayan existido en las provincias occidentales.

    Eminente autoridades de nuestro folklore, han tratado el tema, el origen del «negrito duende», que parece ser africano o de que el güije fue creado por la imaginación india y de ahí que lo llamen fantasma de África y ciudadano de Cuba.

    No es posible precisar la genealogía de este duende, o lo que sea; ni a puntualizar si era pez, cuadrúpedo o el «negrito enano» que algunos han creado. Lo que si se puede afirmar es que muchos lugares de Cuba, tienen un charco llamado del «Negrito» o del «Güije», y hay muchas leyendas, referencias o tradiciones acerca de su existencia.

    Lo cierto es que había entonces, o había habido antes, campesinos que juraban a pie juntillas, haberlos visto tomando el sol, junto al tronco de una palma, o entre los tentáculos de un viejo jagüey. Cuando se les acosaba para que describiesen su aspecto, concluían por confesar, si no querían aparecer como embusteros:

    —Bueno... francamente; no me atreví a mirarlo bien. Creí distinguir una cosa rara a la orilla del agua, en la poza del Güije, y creí que era eso: un güije.

    Y así era todo lo que se podía averiguar acerca de la existencia del güije. Pero abundaban, vaya que sí  abundaban y Villaclara, que no podía escapar de esa creencia popular, tuvo un Güije.

    No podía ser en el Bélico, más o menos urbanizado en una y otra banda, sin pozas entre árboles; pero bien podía serlo en el Cubanicay, que discurría entre predios rústicos, unas veces acercándose y otras y alejándose de la población, en su tranquilo giro, y con alguna que otra poza más o menos profunda; entre ellas, la del Caney, que fue donde sentó sus reales nuestro güije; aquí un enorme y profundo charco sombreado por tupidas cañas bravas. Hoy este lugar está desaparecido por haberlo terraplenado el ferrocarril de Cuba, para el emplazamiento de su patio terminal. Este charco que fue durante muchos años, balneario, playa y escuela de natación de varias generaciones de Punta Brava y lugares limítrofes. Para los que no lo sepan, Punta Brava se llamaba el cruce de las calles de Conyedo y San Francisco Javier, hoy Maceo; alcanzando este nombre a los lugares aledaños. Algunos de aquellos bañistas de entonces presumieron de haber visto el Güije.

    La Guerra de Independencia desparramó los pocos bañistas, los últimos que habían quedado en el Caney, muchos de ellos se marcharon a la manigua; luego ya establecida la República, se iniciaron los trabajos de la construcción del ferrocarril de Cuba, precisamente por los alrededores del Caney, y no se sabe a dónde fue a parar el güije, que tantos sustos había hecho pasar a muchos, grandes, chicos y aspavientosos.

    Por efecto de la reconcentración de los campesinos, en los últimos años de la guerra, los campos quedaron desiertos, y  también los güijes, no teniendo ya a quien asustar. Más tarde, cuando ya la especie se había extinguido, el poeta Guillén escribió su «Balada del Güije», como requiescal in pace de la especie.

    (Fuente: Martínez, Florentino (1959): Ayer en Santa Clara. Departamento de Estudios Hispánicos, Universidad Central de Las Villas.)

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