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    Allí, frente al teatro La Caridad, se yergue en forma de fuente la imagen de un niño con un pie descalzo, ataviado con ropajes de un siglo atrás, la bota en su mano, sin más indicación de que está rota y los agujeros vierten agua. Y aunque en épocas de sequía, o problemas con el abasto del líquido del calzado no salía ni polvo, la imagen continúa ahí como compañía de los transeúntes y curiosidad de los no nacidos en la capital de Villa Clara.

    La obra, llamada y conocida como “El Niño de la Bota Infortunada”, data de 1925, a raíz de la aparición en un catálogo de sugerencias de una famosa casa de venta de objetos de artes llamada ¨J. L. MottenÑ en New York, y fuera elegida para adornar la fontana del coronel Francisco López Leiva.

    No se sabe bien cuál fue el objetivo del diseñador con la imagen del niño, ni su origen. Algunos dicen que encarna un pilluelo con rasgos europeos; otros, un chico humilde jugando con su botica rota. Pero en realidad imita a los infantes tamborileros que acompañaron al ejército norteño en la guerra civil de los Estados Unidos. Aquellos que llevaban agua a los soldados luego de la batalla en botines propios.

    En principio, sin conocer la historia del pequeño de bota en mano, los habitantes de Santa Clara lo hicieron suyo, tal y como lo harían con un niño de verdad, y lo convirtieron en leyenda. La escultura resultó el acompañante perfecto de las labores diarias, el símbolo inequívoco de una historia lejana que hicimos nuestra.

    Ahora destaca en el Parque Viudal con la glorieta y la estatua a Marta Abreu, con el teatro, la emisora, la biblioteca provincial José Martí, forma parte del ornamento ecléctico de una ciudad con más de 300 años. Lo gracioso es que un capricho de funcionario trascendiera de esta manera en la vida de una ciudad y se insertara en su historia, como unas de esas leyendas que pululan en aire de una localidad.

     

    En la actualidad los fragmentos de la original se atesoran en el Museo Provincial y la que disfrutamos en nuestro parque es una réplica en bronce y colocada en 1989.

    Tomado de: Revista Cubana ¨Cubanos Gurú¨

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    En la primera mitad del siglo diez y nueve llegó a Villa Santa Clara el primer tren procedente de Cienfuegos.

    El periódico El Eco invitó a la inauguración publicando que el tren con los primeros viajeros venía arrastrado por una locomotora de doscientos caballos de fuerza.

    Fue grande el entusiasmo entre los vecinos para acudir a la llegada del convoy.

    Llamó mucho la atención que en la explanada del paradero aparecieron los isleños vecinos del Capiro y de fincas colindantes con sus bestias cargadas de yerba y maloja.

    A la llegada del tren los isleños se precipitaron con peligro de sus vidas a ofrecer a maquinistas y conductores el forraje para los caballos.

    Esto ocasionó un conflicto de orden público y tuvo que intervenir la autoridad.

    Resultado, apaciguado este incidente motivado por la más inocente estupidez el director de la vía les dirigió la palabra a los isleños manifestándoles que los caballos del tren no comían yerba, que comían fuego y necesitaban leña.

    Más tranquilos se marcharon los proveedores de yerba comentando “Compay, si son caballos de fuego de qué diablo van a tener los dientes sino de hierro”

     

    Escrito por: Marta Anido Gómez-Lubián, promotora cultural, profesora e historiadora.

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