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    Autora: MSc. Hedy Águila Zamora

    La Verbena de la calle Gloria tiene sus antecedentes en las llamadas fiestas patronales, de origen hispano, era uno de los festejos religiosos que se celebraban en la etapa colonial en Cuba. En el caso de la villa de Santa Clara, se rendía culto a su patrona Santa Clara de Asís.
    El 16 de agosto de 1695, a los seis años de fundada la villa, los vecinos recibieron la imagen de esta santa y juraron celebrar todos los día 12 de ese mes, las fiestas en su honor. Esta decisión tomada un día fue cumplida, en mayor o menor grado, a lo largo de toda la historia por los vecinos de esta ciudad, pero los cambios políticos y sociales que se produjeron después del triunfo de la Revolución influyeron en la tradición.

    El cumplimiento de este juramento está testificado en las Actas Capitulares donde aparecen acuerdos de las reuniones del Cabildo de Santa Clara en días precedentes a la fecha de la fiesta (5, 6 ó 7 días antes) en la que generalmente lo que se trataba era el aspecto financiero. En todas se hace referencia al presupuesto asignado, que casi siempre era de 100 pesos, y en muy pocos casos, llegaba a 150, el cual era entregado al Párroco. En 1895 bajaron la cifra a 34 pesos.

    En 1896 solamente aparece un certificado que hace referencia a este día como feriado, en 1897 y 1898 no hay noticias, ni acuerdos que mencionen la patronal. Esto hace pensar que producto del estado de guerra en que se encontraba Cuba, no hubiera manifestaciones populares de este tipo. En 1899 de nuevo se tomaron acuerdos para celebrar las fiestas el 12 de agosto.  En 1900 en el marco de los acontecimientos de ese día, se inauguró la avenida Paseo de la Paz. En 1902 se hace referencia a la retreta en el Parque Vidal dirigida por el Sr. Pablo Cancio, Director de la Academia Municipal de Música, en aquel momento, como una actividad muy especial dentro de estas fiestas, y por último se habla de estos festejos patronales en el acta del 3 de agosto de 1904, ya después no se mencionan más en los posteriores documentos de este tipo.

    En la prensa de la época republicana aparece a modo de artículo periodístico, más bien como crónica social para anunciar la celebración de onomásticos de las señoras llamadas Clara y como actividad religiosa. En los años precedentes a 1941, según refiere una nota de Federación publicada en la Memoria histórica de la villa de Santa Clara y su jurisdicción  de Manuel Dionisio González, se celebraban durante nueve noches consecutivas las verbenas en la calle Leoncio Vidal (antes La Gloria) a la que concurría público hasta altas horas de la noche y, en la misma nota, aclara que ya el embullo iba desapareciendo a medida que transcurría el tiempo.

    En 1942 se inauguró un moderno edificio para el Cuerpo de Bomberos (el que existe actualmente), durante el mandato del alcalde Leopoldo Figueroa Franqui y para ello se designó el día, más adecuado, el 12 de agosto, se organizó al respecto un programa de actividades que comprendía desde la diana a las 6: 00 a.m. por la Banda del Cuerpo de Bomberos, el acto religioso, el acto político y las actividades recreativas: almuerzo, deportes, desfile y concierto de música por la Banda Municipal.

    De la década del cincuenta, hay testimonios fotográficos que demuestran la celebración de estas fiestas, incluyendo 1953, a pesar de haber ocurrido, en fecha tan cercana, los acontecimientos relacionados con el Asalto a los cuarteles de “Bayamo” y de “El Moncada” en Santiago de Cuba, que conmocionaron al pueblo cubano y crearon una situación política muy tensa. La última ocurrió en 1958, aunque de ésta la prensa solamente menciona los actos diurnos en el Parque Vidal  y una misa nocturna en la Catedral Santa Clara de Asís. Las fotos del archivo del Cuerpo de Bomberos revelan que las fiestas fueron en la intimidad de esta Organización, con sus familiares.

    Durante el período republicano, las actividades eran organizadas por el Cuerpo de Bomberos, pero patrocinadas por diferentes marcas de cerveza las que donaban un parte a los Bomberos para su consumo en el día de los festejos y la otra la vendían aprovechando el espacio para promover el producto mediante carteles propagandísticos.

    El día 12 de agosto de cada año los bomberos ayudados por los vecinos de la calle La Gloria, la limpiaban y adornaban con plantas y banderolas de papeles con colores llamativos, atadas a sogas finas que colgaban de un extremo al otro y sillas de tijeras colocadas a ambos lados de la calle.

    El pueblo vestía sus mejores galas y acudía al lugar para acompañar la procesión que salía de la Capilla del Cuartel de Bomberos después de celebrar la misa a Santa Clara de Asís. Los Bomberos llevaban la imagen en hombros, escoltada por su Banda de Música hasta el final de la calle La Gloria hacia el río Cubanicay, allí la colocaban en un altar provisional hasta la media noche en que regresaban con ella a su lugar de origen.

    Durante todo el día, las personas se acercaban a hacer sus rogativas ante el altar a Santa Clara, mientras en la calle se vendían dulces, bebidas y comidas tradicionales en lugares habilitados al efecto o por medio de pregoneros, también se hacían juegos de participación propios de la época.

    En 1961 se creó el Ministerio del Interior y el cuerpo de bomberos se integró al mismo, la imagen Santa Clara de Asís fue entregada a la Iglesia y la Verbena de la Calle Gloria dejó de existir, a  pesar de los intentos de funcionarios del Ministerio de Cultura Municipal y vecinos de la localidad, quienes realizaron algunas acciones para recordar ese día, fundamentalmente, actividades infantiles, venta de libros, de fiambres, entre otras, pero la Verbena con todo su esplendor, no fue revitalizada hasta l989 en el marco de los acontecimientos desplegados en la ciudad, motivados por el tricentenario de la fundación de la Villa, el 15 de julio de 1689.

    La nueva Verbena fue despojada del carácter religioso original y tomó de aquella lo popular, la fecha y el lugar, así como algunos aspectos tradicionales: la diana, los juegos, la venta de flores, dulces, bebidas y comidas típicas, entre otros y se le incorporaron elementos nuevos, acordes con los gustos y preferencias de las actuales generaciones.

    Son festejos muy nutridos, con público, no sólo de Santa Clara, sino también foráneo e incluso extranjero, pues estas fiestas, una de las más tradicionales de la localidad, cada día cobran mayor vitalidad y ya su fama trasciende los marcos de la ciudad para darse a conocer en otras partes de Cuba y del mundo.

    Versiones de este artículo esta publicado en:

    • Boletín Cultural Cartacuba No 25. Septiembre de 2001.
    • Revista Amanecer No 26 Año V. Julio-agosto/ 1999

    Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

     

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    Autor: Florentino Martínez Rodríguez

    En el puente que existe sobre el arroyo Cubanicay, al comienzo de la calle de Independencia, en esta ciudad, y junto al muro de la derecha, se levanta una bonita cruz de mármol, sobre una apropiada columna, defendida por una verja.

    Muchos saben que la erección de esa cruz, en ese sitio, se debe a los sentimientos religiosos de un honrado hijo de Cataluña que vivió en esta ciudad en la segunda mitad del siglo anterior; muchos saben también que esa cruz sustituyó a otra de madera que, ennegrecida por el tiempo, existía junto a las márgenes del arroyo del Monte, que así se había llamado entonces, y que fue preciso remover para construir el puente en 1862, como se sabe también que, cuando los fundadores de la ciudad, echaron los cimientos de la nueva población, ya existía la cruz de madera, conservada gracias a su constante renovación por las siguientes generaciones.

    ¿Quién colocó allí la primitiva cruz? ¿Qué causas determinaron su colocación?

    Acerca de ello dice una leyenda que a mediados del siglo XVII vivía en el Caney—acaso en el mismo lugar en que doscientos años antes existiera un pueblo de aborígenes, y de ahí el nombre que conservó hasta cincuenta años atrás—una familia de mediano pasar, compuesta de un matrimonio y de dos hijos, varón y hembra, de veinte y de dieciocho años de edad, respectivamente.

    Llamábanse los padres Justo Pérez, progenitor acaso de aquella Gregoria Pérez a quien tanto debieron los fundadores de la villa, y Manuela García; y los jóvenes Ramón y María de la Cruz.

    Deslizábase tranquila la existencia de aquella familia, en medio de estos lugares, poco menos que desiertos entonces, hasta que vino a turbar esa tranquilidad la presencia de un mozo, francote y bien plantado, que por necesidades de la crianza de ganado, tuvo Justo Pérez que colocar de montero en la finca.

    La primera que perdió la tranquilidad fue María de la Cruz, que se enamoró perdidamente del montero, siendo justo confesar que no hizo menos el mozo, pues desde los primeros momentos quedó prendado de la belleza y donaire de la guajirita. Fue el segundo, Ramón, que habiendo presumido, hasta entonces, de ser el mejor lazo de todas las haciendas limítrofes vio en Jacinto, el montero, un rival temible.

    Lo que tenía María de la Cruz de buena y apacible, teníalo su hermano de impulsivo y violento, y desde que en una recogida de toros, vio éste el lazo que era Jacinto, se le atravesó el muchacho, haciéndosele un si es no es antipático; creciendo su antipatía a medida que el tiempo transcurría y veía su superioridad en las monterías.

    Algunas trifulcas se armaron entre los dos mozos, provocándolas siempre Ramón, que si no pasaron a más, se debió a que Jacinto, no obstante ser decidido y valiente, se reprimía y daba algunas excusas, porque no se apartaba de su mente la imagen de María de la Cruz, a quien no quería disgustar; y temeroso también de ser despedido de la hacienda, perdiendo así las repetidas oportunidades de verla.

    Justo tuvo ocasión de presenciar alguna que otra pelotera entre los mozos, y si bien no las creyó de importancia, no dejaron de mortificarle un poco, puesto que, hasta entonces, había reinado en la hacienda una paz inalterable. Manuela, su esposa, había sorprendido ciertas miradas muy expresivas entre Jacinto y su hija, y cierta cortedad o embarazo en ambos, cuando estaban en presencia de otras personas.

    Sin embargo, nada se dijeron entre sí los esposos; y acaso porque Jacinto y María de la Cruz supieron disimular mejor su estado de ánimo, es lo cierto que Manuela llegó a creer infundadas sus sospechas, y que nada había en común entre su hija y el montero.

    ¡Qué lejos estaba entonces de la verdad! Con esa progresión ascendente del río, que brota del seno de la tierra como un débil hilillo de agua, tenue y sin ruido, y corre y se acrecienta, reuniendo elementos afines hasta que llega, ancho y profundo, al espacio abierto del mar, así el amor de los jóvenes, nacido al cruce de una mirada, fue creciendo hasta invadir el espacio infinito de sus almas, abierto a esa dulcísima emanación de la vida, que es a la vez emanación suya; y apenas sin palabras, sin más que gestos, miradas y ademanes, que fueron y serán lenguaje universal del amor, entraron sus corazones en franca y decidida correspondencia, comenzando un idilio que les hacía derramar lágrimas de felicidad.

    Por intuición natural conoció Jacinto que era necesario ocultar aquel amor a los ojos de Ramón, a quien nada había hecho para disgustarle, y que, así y todo, le odiaba por una pueril rivalidad: por aquella superioridad suya en el manejo del lazo, de la que no obstante, nunca hizo alarde para no disgustarle.

    Con pretextos más o menos inventados, convenció a María de la Cruz de que debían guardar reserva, en espera de lo desconocido, de lo imprevisto, de que surgiera alguna circunstancia favorable para mostrar a Justo y Manuela, de par en par abiertos sus pechos.

    Y siguieron queriéndose en secreto y diciéndose, sin palabras, mil finezas.

    Un incidente empeoró la situación. Una tarde estaba Justo, con Ramón y Jacinto, haciendo una recogida de ganado cimarrón, y en momentos en que el último, a carrera tendida sobre su jaca de trabajo, lanzaba con su habitual destreza su lazo a una novilla, Ramón, que venía en persecución de otra res, acertó a pasar entre el montero y la novilla, enredándose el caballo de tal modo que, a pesar de la rapidez con que Jacinto dejó caer el lazo, el caballo dio un fuerte bote, lanzando al suelo el jinete.

    Ducho Ramón en lances de esta índole, supo arreglárselas para no recibir, como no recibió, grave daño en la caída; pero apenas se levantó del suelo, tiró del machete, y se dirigió a Jacinto con ímpetu siniestro. El montero no pestañeé siquiera, y en un momento pasaron por su imaginación mil pensamientos encontrados. Intenciones tuvo de huir, para evitar mayores males, pero lo repugnó la idea de parecer cobarde.

    Justo, que estaba cerca de ellos, al notar la actitud resuelta de su hijo, lanzó un ¡muchacho!, con voz de trueno y se avalanzó sobre él, logrando detenerlo a duras penas, para hacerle reconocer que todo había sido casual. Se calmó, o pareció calmarse Ramón y envainó el machete, pero dirigió a Jacinto una mirada, que era una amenaza a corto plazo.

    La montería siguió, sin más incidentes, y cuando volvieron a la casa, en horas del atardecer, rendidos de fatiga, Jacinto solté su jaca a pastar y se internó en el bosque que comenzaba en los mismos lindes del batey y se extendía por el Este a gran distancia. Necesitaba reflexionar sobre su situación.

    De su larga meditación, apenas si sacó otra cosa en limpio que, para descargar un poco su alma del gran peso que la oprimía por la actitud de Ramón, debía contarle a su novia todo lo que le pasaba; y acechando la oportunidad estuvo los días siguientes, hasta que pudo, en una ocasión propicia, cambiar cuatro frases con ella y quedó convenida una cita para la noche siguiente.

    Habían señalado un barranco pedregoso, junto a la margen del río del Monte, cerca del camino del Cayo, y allí se dirigió Jacinto una hora antes de la convenida, en espera de María de la Cruz.

    No sospechaba Ramón nada acerca de los amores de su hermana, pero habiéndola Visto tomar la vereda del bosque, después de anochecido, le extrañó sobremanera y la siguió, bien ajeno de lo que se trataba. Conocedor del terreno, torció hacia la derecha, por otra vereda que iba a salir al camino real, a fin de bajar por él al arroyo y situarse en sitio conveniente para observar.

    Al llegar cerca del paso, distinguió un hombre sentado sobre las piedras de la orilla y retrocedió, ocultándose entre los árboles, porque a pesar de la poca claridad, reconoció a Jacinto y tuvo una sospecha, que se hizo más viva, cuando vio a María de la Cruz desembocar por la vereda y dirigirse resueltamente hacia el montero.

    Apretó con furia el mango de su machete, y aguzó el oído, haciéndose cargo a los pocos momentos de cuanto ocurría, pues percibió casi todo lo que decían; y sin poderse detener más tiempo, se lanzó al claro en que estaban su hermana y el montero.

    La sorpresa de éstos no tuvo límites. Ramón, hecho una furia, tiró de un brazo a María de la Cruz, haciéndola alejarse de Jacinto, y desenvainando su machete, se abalanzó sobre el mozo, que apenas tuvo tiempo de sacar el suyo y ponerse en guardia. Rápida como el pensamiento se interpuso la muchacha entre ambos combatientes, recibiendo en el cuello el formidable tajo que su hermano, ciego de ira, había dirigido a Jacinto, cayendo al suelo bañada en sangre y falleciendo en el acto.

    Ante aquella horrible intromisión de lo imprevisto, hubo una pausa, una momentánea suspensión de actos, y hasta de ideas, entre los dos hombres, tras lo cual, Ramón se oprimió la frente con una mano, mientras que en la otra alzaba al cielo el machete fraticida; y loco y fuera de sí, echó a correr a bosque traviesa, sin conciencia de a dónde iba, ni por dónde iba.

    Tras él se lanzó Jacinto, blandiendo su machete; comenzando entonces una persecución furiosa, por entre los intrincados breñales, y en una casi completa oscuridad. Perdida la noción del tiempo y del lugar, corrían a la ventura, dejando jirones de la ropa entre las ramas, huyendo Ramón, más que de Jacinto, de cuya persecución no se había dado cuenta, de la siniestra visión de su hermana, que aparecía ante su vista con el cuello cercenado y bañada en sangre, desplomándose sin vida; y así volvieron más tarde al punto de partida, desembocando Ramón al camino cerca del arroyo, y parándose en seco al distinguir, gracias a la blancura de su traje, el cadáver de María de la Cruz junto a los peñascos de la orilla.

    De esa parada se aprovechó Jacinto para alcanzarlo y descargarle con su machete un golpe que le privó de la vida, tras lo cual, huyó despavorido hacia donde tenía su caballo, que ensilló precipitadamente, montando de un salto y desapareciendo por dentro de unos maizales, para volver a aparecer más tarde, al paso y con la cabeza caída sobre el pecho.

    La luna comenzaba a elevarse sobre el horizonte, difundiendo entre los árboles su plateada luz, que lo orientó para volver al sitio en que permanecían, uno cerca del otro, los dos cadáveres. Se bajó del caballo y se acercó al cuerpo inanimado de su amada, con los brazos cruzados sobre el pecho; permaneciendo así por largo rato.

    Luego cortó un janjan y con él cayó en menos de una hora una sepultura bastante profunda, en la que depositó los tristes despojos de la que tanto había amado. Cubrió primeramente el cadáver con hojas verdes, que arrancó de los árboles inmediatos, echando después la tierra lentamente, a pequeños puñados, como si temiera hacerle daño con ella, hasta que formó un montículo sobre la sepultura.

    A saberlo hacer, habría grabado allí, sobre las mismas piedras, o en la corteza de un árbol, el nombre de aquella pobre flor de los bosques que había abierto ante él, por un momento, las puertas de la felicidad; pero no sabía escribir, y asociando con dulce fruición el nombre de la amada, a un puro sentimiento cristiano, hizo y colocó sobre la sepultura, una fuerte aunque rústica cruz de madera, asegurándola cuidadosamente; tras lo cual, montó en su jaca y tomando el camino del Cayo, se alejó al paso, inclinando otra vez la cabeza sobre el pecho.

    Junto al arroyo quedó el cadáver de Ramón, iluminado por los pálidos fulgores de la luna, en el que ni por un momento pensó el montero, abrumado por la inmensidad de su dolor.

    Y allí quedó también aquella cruz, que respetaron generaciones sucesivas, señalando el lugar en que la fatalidad tronchó la inocente existencia de María de la Cruz.

    Tomado textualmente de: Martínez, Florentino (1959): Ayer en Santa Clara. Departamento de Estudios Hispánicos, Universidad Central de Las Villas.

    Se ha mantenido la redacción y ortografía con que fue publicado este texto originalmente.

     

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