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    La acción de descarrilamiento, asalto y toma del Tren Blindado de la tiranía batistiana por las tropas rebeldes de la columna # 8 "Ciro Redondo " comandadas por Ernesto Che Guevara el 29 de diciembre de 1958, fue uno de los hechos más relevantes durante la última etapa de nuestra gesta insurreccional, por lo que el 29 de diciembre de 1971 se erige un monumento a dicha acción en su propio escenario histórico. Años más tarde, el 13 de julio de 1986 adoptaría una nueva concepción artística, siendo su autor el escultor cubano José Delarra.

    El monumento está situado en un área de 50 m de ancho por  200 m de fondo, limitado por la vía férrea y el río Cubanicay en Santa Clara, Villa Clara. Fue este lugar el escenario de descarrilamiento, asalto y toma del Tren Blindado de la tiranía batistiana.
    El complejo lo conforman cinco elementos escultóricos  que representan las acciones realizadas por los rebeldes, así como cuatro vagones originales, el bull-dózer utilizado para levantar la línea férrea y un coche plancha.

    Los vagones ambientados en su interior muestran fotos de los acontecimientos, así como pertenencias  de las fuerzas que participaron en la contienda y armas similares a las capturadas al enemigo. Fue declarado Monumento Nacional de la República de Cuba el 30 de enero de 1990 junto a la Loma del Capiro, elevación situada en el extremo de la ciudad.

    Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

     

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    Muy  próximo al lugar donde se encuentra el Palacio de Justicia en la ciudad de Santa Clara, en los terrenos del actual Palacio de los Pioneros, existe un trozo de pared de lo que fue un cuartel en la época de la colonia, conocido popularmente como el cuartel de Tarragona.   No era este su nombre oficial; la voz popular lo llamó así porque desde la fecha de su construcción fue ocupado por una tropa de bisoños reclutas, procedentes todos de la ciudad española de Tarragona, situada en la costa del mar Mediterráneo.
    Este tramo de pared, escogido por las autoridades españolas, sirvió de «paredón de fusilamiento», ejecutando en él decenas de cubanos: José Pulido (3 de marzo de 1896), Adolfo García (19 de enero de 1897), Higinio Hernández y Domingo Nieblas (20 de enero de 1897), sentenciados a muerte por fusilamiento. 
    Allí murieron sin  juicio ni requisito formal alguno, Juan Pérez Pupo y Valentín Bermúdez.
    Al cuartel de Tarragona  fueron conducidos los cadáveres del Coronel Leoncio Vidal Caro y su auxiliar Cabo Ramón Brito, el 23 de marzo de 1896.
    Los veteranos de las guerras de independencia en 1899 rescataron este trozo de pared, que es parte de la historia de Cuba, para convertirlo en Monumento de la Patria, dedicado a sus héroes y mártires, peregrinando cada 19 de mayo hasta ese lugar para honrar la memoria de los patriotas que murieron bajo la descarga de fusilería al grito de ¡Viva Cuba Libre!.  Se colocó en la primera peregrinación una tarja de mármol blanco, cuyo texto compuesto por Manuel García Garófalo, expresaba:

    «Caminante, descúbrete:
    este lugar está santificado con la sangre
    de los patriotas que el tirano hizo morir
    porque ansiaban la libertad de la Patria.»

    Enero 4, 1899

    En el año 1951, los propios miembros del Centro de Veteranos junto con el Grupo  los Mil colocaron una nueva tarja de bronce con el  nombre de algunos de los fusilados.  Cuando esta tarja se instaló, la de mármol había desaparecido misteriosamente sin que persona ni institución alguna haya podido dar razón de ella, quedando en la pared como mudos testigos, las cuatro perforaciones de los tornillos con que la misma se sostenía.

    Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

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    Autora: MSc. Hedy Águila Zamora

    El monumento a la cruz que ha dado nombre al puente que une la calle Independencia con la carretera a Camajuaní, como popularmente se le conoce, tiene antecedentes en una cruz de madera que, se cree, fuera encontrada por los remedianos emigrantes en las inmediaciones del paso del río que llevaba el nombre del Monte (actual Cubanicay) en el camino al Cayo [1], cuando llegaron a estos parajes con la finalidad de fundar un nuevo asentamiento, que hoy es la ciudad de Santa Clara, hecho ocurrido en las inmediaciones del actual parque El Carmen, el 15 de julio de 1689.

    La cruz indicaba que allí yacían restos humanos, lo que originó una leyenda, recogida por el historiador santaclareño, Florentino Martínez en su libro Ayer de Santa Clara. Cuenta Florentino que cerca del lugar residía una familia, dueños de una pequeña hacienda ganadera, conformada por Justo Pérez y su esposa Manuela García, quienes tenían dos hijos: Ramón 20 años y María, 18. Llegó un día a la hacienda un joven llamado Jacinto, contratado para montero quien de inmediato se enamoró de María y ella, a su vez, le correspondió. Tienen que ocultar su relación porque Jacinto no era bien aceptado por el hermano de María a quien tuvo que enfrentar en varias ocasiones en defensa propia, a pesar de los esfuerzos que hacía para esquivar sus provocaciones, aunque Ramón desconocía el romance de su hermana, él odiaba a Jacinto por envidia a sus habilidades para el enlace del ganado.

    En uno de los altercados provocados por Ramón, Jacinto se sintió muy confundido ante la disyuntiva que se le presentaba: el amor de María y el odio de Ramón, debía alejarse del lugar pero temía perder a su amada, por lo que decidió confesarle a ella su inquietud. La citó para un lugar cerca del río, (donde ahora se haya el monumento a la cruz), pero Ramón que lo siguió descubrió el encuentro de los enamorados. Fue tal su indignación que, ciego de ira intentó atacar con su machete a Jacinto, pero María se interpuso entre los dos y fue ella quien recibió el mortífero golpe del machete. Al percatarse de tal hecho, Ramón huyó despavorido. Jacinto lo persiguió, pero no le dio alcance y Ramón, más tarde, regresó ante el cuerpo de su hermana, ocasión aprovechada por Jacinto para propinarle un golpe mortal.

    Cuando hubo terminado con la vida de Ramón cavó una fosa y en ella colocó a su novia cubierta con hojas verdes de los árboles. Una vez concluido el acto del enterramiento colocó una rústica cruz de madera en el lugar donde yacía su amada como una manera de sacralizar el lugar.

    Esta trágica leyenda que hoy enriquece el folklor del pueblo santaclareño resulta muy significativa por cuanto la mencionada cruz permaneció en el lugar, dio nombre al paso del río y después al puente construido en 1862, a pesar de que las autoridades del gobierno en la ciudad lo llamaron oficialmente “Isabel Segunda” en honor a la reina de España, pero la fuerza de la tradición pudo más que el interés de aquellos que deseaban homenajear a la Soberana, y el pueblo continuó llamándole “Puente de la Cruz” hasta el día de hoy.

    El 26 de abril de 1861 en reunión ordinaria del gobierno de Santa Clara, se dio lectura a un oficio de la comisión de obras públicas con fecha del día anterior (25 de abril) al que adjuntaba el posible presupuesto ($165,25) para el monumento a la cruz del puente que situaría en el lugar donde se encuentra actualmente [2]. Hay otras referencias, no tratadas en el acta, acerca de un catalán, residente en Santa Clara, Martín Camps Oliver que donó la cruz de mármol,  traída de Barcelona por un precio de 20 onzas de oro y colocada en el monumento. En la propia acta se acuerda celebrar la ceremonia de bendición el día 3 de mayo a las 5:00 de la tarde con la participación de autoridades militares, civiles y eclesiásticas de la villa.

    La cruz permaneció allí sobre su pedestal hasta que resulto dañada por algún indolente en el año 1921; el Doctor Pedro Camps y Camps, hijo de Martín Camps, costeó su reposición y se reinauguró el 12 de agosto de 1922. En 1996 el ciclón “Lily”, a su paso por Santa Clara, la derribo y en 1997 fue restaurada por motivos del remozamiento en la ciudad, en aquellos lugares relacionados con la Batalla de Santa Clara motivados por la llegada a la ciudad de los restos del Che y sus compañeros de lucha Es esta que existe actualmente la tercera réplica de la cruz.

    Posterior al año de su inauguración se comenzaron a celebrar en la calle Santa Elena, hoy Independencia [3], las fiestas de la cruz, los días 3 de mayo de cada año, conocidas como “Verbena de la Cruz de Mayo” o “Verbena de la calle Santa Elena”.

    Estas fiestas tuvieron su origen desde los primeros tiempos de la fundación de la villa, Manuel Dionisio González, el primer historiador santaclareño las recoge en su obra  Memoria histórica de la villa de Santa Clara y su jurisdicción, como las veladas que se realizaban durante nueve noches consecutivas en el interior de una casa donde se colocaba una cruz en un altar y se adornaba con hojas de palmas y flores, cada noche un mayordomo (anfitrión) diferente se ocupaba de patrocinar la reunión y ofrecía bebidas y alimentos típicos. También se organizaban juegos y otros entretenimientos, hasta que en 1761 un sacerdote solicitó  la prohibición, bajo pena de multa de diez ducados y excomulgación debido a los excesos paganos en estas diversiones y sólo las autorizaba en casas de personas de probada religiosidad.

    A partir de la inauguración del monumento, se abrieron al público para realizarse en exteriores por lo que se fueron haciendo cada vez más populares.

    Las veladas retomaron el tiempo de duración de las nueve noches (desde el 3 hasta el 11 de mayo), la iniciaba Martín Camps que costeaba la fiesta y arreglos de altares y a partir de la segunda noche «se colocaban cuatro banderitas en cada una de las cuatro casas de las cuatro esquinas, cuyos moradores pasaban a ser padrinos de las Veladas»[4] los vecinos adornaban la calle con palmas y otras plantas ornamentales, ponían luminarias y colgaduras, así sucedía cada noche con una cuadra diferente hasta completar nueve, que en aquel tiempo llegaban aproximadamente, hasta el río Bélico, hacia el oeste de la ciudad.

    Estos festejos, como todos los de carácter religioso, se iniciaban con una misa, en este caso, se hacía al pie del monumento y seguidamente las actividades recreativas en la calle Santa Elena, las que se amenizaban con música, bailes, fuegos artificiales y otros espectáculos y diversiones populares, los vecinos se sentaban, en familia, en las aceras de las casas y los más jóvenes paseaban por la calle. Algunas de estas celebraciones sirvieron de marco para la organización de ferias, como la de 1882 que fue aprovechada por el gobierno de la villa para recaudar fondos para impulsar la construcción del Parque, el ayuntamiento acordó: «(…)tener ferias durante los mencionados días, sin alterar el orden ni infringir las disposiciones superiores y con la convicción de que solo se permitieran juegos lícitos, con más, lidias de gallos en los días tres, cuatro y cinco del mencionado mes de mayo y los dos últimos días de las veladas, o sea el diez y once del mencionado mes(…).»[5] se mantuvieron funcionando todos los años hasta el estallido de la guerra del 95, según refiere José Berenguer y Sed en su libros Tradiciones Villaclareñas.

    La calle Santa Elena, debió su nombre, a la referida cruz situada en el lugar donde se inicia dicha calle, producto de los vínculos legendarios existentes entre esta santa y la Santa Cruz, símbolo del cristianismo en el mundo.

    En época del emperador romano Constantino, se difundió a modo de noticia, la creencia en una visión celestial, que él aseguraba, había tenido, al observar en el cielo una cruz con un letrero resplandeciente donde se leía: «Con este signo vencerás». A partir de ese momento, Constantino llevó en su estandarte de guerra y en los escudos de los soldados, una cruz. Promulgó en el año 313 el Edicto de Milán con el que cesó la persecución que en Roma se llevaba a cabo contra el incipiente cristianismo y declaró: «…Damos a los cristianos y a todos el poder seguir libremente la religión que cada uno quiera…..sin preocupación ni molestias…» [6].

    Elena, la madre de este emperador, se solidarizó con su hijo, ya muy anciana visitó a Jerusalén, entre los años 326 ó 328, en el Monte Calvario, lugar donde en tiempos antiguos se hacían las crucifixiones. Ordenó excavar en el lugar señalado como el sepulcro de Jesús. En aquel tiempo era costumbre enterrar junto al cuerpo los instrumentos de tortura, en este caso, la cruz; a Jesús no sólo lo crucificaron sino lo vejaron y lo humillaron por lo que en su cruz colocaron una tablilla con una inscripción escrita con letras griegas, latinas y hebreas que decía: “Este es el Rey  de los judíos” [7] y lo colocaron entre dos reos para dar la imagen de que se trataba de un vulgar delincuente. En las excavaciones ordenadas por Elena aparecieron las cruces y la tablilla mencionada se encontró desprendida y lejos por lo que no se podía determinar a cuál de las tres cruces pertenecía. Macarios, patriarca de Jerusalén ordenó someter las cruces a una prueba de “hacer milagros”, una de ellas consistió en llevar una mujer enferma de muerte a tocar las tres cruces, aquella que la curó fue la escogida para ser venerada. A partir de ese momento, por orden del emperador Constantino, a petición de su madre Elena, la cruz dejó de ser el instrumento de tortura para los reos condenados a la pena de muerte para convertirse en el símbolo del cristianismo en el mundo.

    De estas tradiciones se infiere la riqueza histórica que guarda el monumento a la cruz del puente y el Puente de la Cruz en Santa Clara, sitios vinculados íntimamente a la leyenda, donde se funden los valores del patrimonio cultural tangible e intangible que los hacen merecedores de una mayor atención, divulgación y muy especialmente, del rescate de estas fiestas olvidadas en el tiempo y de las que el pueblo gustosamente volvería a disfrutar.

     

    Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

     

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    Autora:MSc Hedy Águila Zamora

    Situado en la calle Máximo Gómez entre San Pablo y Conyedo señaliza el sitio donde tuvo lugar el nacimiento de la ciudad el 15 de julio de 1689.
    El 7 de agosto de 1744 se mercedó, a instancias de Don José Surí Águila y por orden del Cabildo de la villa, con la correspondiente aprobación eclesiástica, el terreno, al pasar la cañada de los Almiquíes, en la colina, cerca del río La Sabana (hoy Bélico) donde en el siglo anterior se habían reunido las familias remedianas emigrantes para fundar la villa que llevaría el nombre de Santa Clara. El objetivo era la fabricación de una ermita que recordara el significativo hecho de la fundación de la villa. La idea parte del Presbítero Don Juan de Conyedo, la nombró ermita Nuestra Señora del Carmen  y se cree que  la llamara así porque al día siguiente de la fundación es la celebración de la virgen del Carmen.
    Al barrio que se inició se le denominó Barrio Nuevo. Posteriormente comenzó a llamársele  El Carmen,  nombre que aún mantiene.
    Esta ermita, que devino la actual parroquia, resume en su estructura arquitectónica elementos de tres siglos: XVIII, XIX y XX.
    En sus inicios fue una modesta construcción de madera y guano, característica de la época en la villa, que aún no había alcanzado niveles superiores de desarrollo. Se situó junto al lugar de la fundación, un poco más cerca de la ribera del río La Sabana (hoy Bélico) y se abrió al culto el 29 de julio de 1745. Esta primera construcción fue costeada por el Padre Conyedo.
    Posteriormente, con la autorización del Obispo y con el apoyo de sus discípulos Hurtado de Mendoza y Pérez de Prado, Conyedo desarrolló una campaña de recaudación de fondos para la construcción de otro edificio, el que existe actualmente, situado a unos metros del primero, más alejado del río, en la cima de la colina, iniciado el 29 de agosto de 1749. En su entorno quedó un espacio abierto convertido en plaza que  luego fue el Parque Conyedo, en honor al promotor de la obra, pero con el decursar del tiempo perdió esa denominación para quedarse con el nombre actual coincidente con el de la parroquia. Esta obra concluyó el 22 de mayo de 1754 y la ceremonia de bendición se celebró el 9 de enero de 1755 por el cura Pablo Figueredo y Céspedes.
    El 23 de noviembre de 1847 es la fecha que se ha señalado como la conclusión del campanario pero las  campanas, tres en total, fueron colocadas  el 28 de mayo de 1848. En la primera década del siglo XX, más exactamente en 1909, se construyó la casa parroquial al fondo de la iglesia, integrándose como parte de este edificio; el colegio para niñas de “color”  que funcionaba en el lugar se cerró y el local pasó a ser ocupado como vivienda y sacristía de los sacerdotes de esa comunidad.
    En 1953, Eutimio Falla Bonet patrocinó la remodelación de este edificio, se le agregó el atrio que circunda el frente y los laterales de la ermita y se renovaron puertas y ventanas.
    Con la última reconstrucción ocurrida en la década del ochenta, se le sustituyeron los pisos de losas de barro por las de granito y las de mármol para el presbiterio del altar mayor y la senda central de la nave principal. Se pintó de color amarillo en sus exteriores, blanco en el interior y las puertas y ventanas de carmelita oscuro.
    En el año 1989 se hicieron cambios en las ventanas laterales de la casa parroquial y sacristía modernizándolas con persianas.
    Esta iglesia asumió las funciones que realizaba la Parroquial Mayor situada en el Parque Vidal, al ser demolida en 1923 hasta 1954 cuando culminó la construcción de la iglesia Santa Clara de Asís.
    En el lugar no sólo existe sentimiento religioso y belleza arquitectónica, sino también  historia y patriotismo lo que se evidencia al llegar frente al edificio donde se observa una tarja colocada junto a la entrada principal  para rememorar los hechos, durante la guerra de los Diez Años, cuando sirvió de cárcel de mujeres en la que sufrieron prisión un grupo de patriotas santaclareñas. 
    Este edificio también formó parte del escenario de combate librado por las tropas del Ejército Rebelde en el ataque a la Jefatura de la Policía del Gobierno de Batista.
    En celebración a la fecha de la fundación, el 15 de julio, el Grupo Los Mil en el año 1952 queriendo dignificar el lugar, inauguró un monumento a la fundación. Para su construcción convocó a un concurso en 1950 en el que participaron varios escultores, entre los que se encontraba el Secretario de la Escuela de Artes Plásticas Leopoldo Romañach de Santa Clara, Boabdil Ross Rodríguez, quien ocupó el primer lugar basándose en la versión sobre la fundación de la  villa, contada por Manuel Dionisio González en la Memoria histórica de la villa de Santa Clara y su jurisdicción.
    El monumento es un columnario esculpido en hormigón enchapado en mármol, procedente de la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud). Construido en un área de diecisiete metros cuadrados, con tres peldaños que elevan la base para simbolizar el lema del, entonces, escudo de la ciudad: Patria, Religión y Familia. Sobre esta plataforma se alza una circunferencia con todos sus puntos equidistantes del tamarindo que se encuentra en el centro. Las dieciocho columnas representando a cada una de las dieciocho familias fundadoras están colocadas en forma de parábola, unidas en la parte superior por un remate en espiral para dar idea del desarrollo progresivo de la ciudad y su continua evolución hacia el futuro (ley de espiral que da idea de infinito). En cada columna, en su parte exterior se le colocaron, en letras de bronce, los nombres de las personas cabezas de familia. La más alta aparece rematada por una cruz que refleja la connotación religiosa del acto de fundación de la villa, iniciada con la celebración de una misa por un sacerdote de la iglesia católica, religión oficial del régimen colonial español. Debajo de esta cruz se colocó el escudo de la ciudad.
    En el monumento está situada la tarja que refiere la fecha, los patrocinadores y el escultor del mismo. Esta sustituye a la que estuviera colocada por la Asociación de la Prensa desde 1923.
    El tamarindo, árbol símbolo de la fundación de la ciudad, es en realidad a causa de una de las leyendas que enriquecen las tradiciones de Santa Clara, no se conoce documento alguno que pruebe la existencia de este árbol en el sitio señalado como el lugar donde se reunieron los remedianos para desarrollar la primera misa, pero si hubo uno sembrado en el ala derecha de la iglesia, muy próximo al edificio cuando no existía el atrio.
    El árbol simbólico fue plantado allí para rescatar la idea original del Padre Conyedo de mantener la proximidad de la iglesia al sitio de la fundación. Talado en fecha cercana al 15 de julio de 1918 motivó la crítica del periodista Francisco López Silvero que reflejaba el descontento,  por lo que la Sociedad de la Prensa lo repuso en el sitio que ocupa actualmente.
    Por los valores antes expresados, tanto la iglesia como el Monumento a las Familias Fundadoras fueron declarados  Monumento Nacional .
    Hay en este parque otros monumentos y tarjas que dignifican a figuras y acontecimientos históricos: los bustos de los destacados pedagogos cubanos: José de la Luz y Caballero (1800-1862) y el de la santaclareña Carmen Gutiérrez Morillo (l854-l9l4), cuyos sitiales de honor se encuentran en el lado sur, a la izquierda de la iglesia.
    El busto de José de la Luz y caballero fue mandado a esculpir por los miembros de la Logia Miguel Jerónimo Gutiérrez 56 de la Orden Caballeros de la Luz, el 27 de septiembre de 1953. En el pedestal donde está colocado aparece una inscripción: «A nuestro sabio y mentor Don José de la Luz y Caballero» y el de Carmen Gutiérrez, develado el 15 de julio de 1925 como homenaje de sus discípulas.
    En el cantero donde se encuentra el busto de José de la Luz, muy próximo a él, situó una tarja el Grupo Los Mil, el 15 de julio de 1954, motivado por el Día del Villaclareño Ausente que se había instaurado el año anterior por el Ayuntamiento de Santa Clara y otra colocó la Gran Logia de Cuba al pie del árbol que sembraron para simbolizar la unidad y hermandad entre las logias de Cuba con fecha 9 y 10 de junio de 1950 cuando celebraban la 50ª Sesión de esta institución.
    Es imprescindible destacar otro hecho histórico de trascendental importancia para este pueblo, ocurrido cuando el ataque a la Jefatura de la Policía del gobierno de Fulgencio Batista que se encontraba frente al parque ( hoy ESBU El Vaquerito ) el 30 de diciembre de 1958, en el marco de los acontecimientos de la Batalla de Santa Clara.
    El Capitán Roberto Rodríguez, El Vaquerito, junto a otros miembros del Batallón Suicida del cual era Jefe, perteneciente a la Columna Invasora Nº 8 Ciro Redondo, comandada por Ernesto Guevara, El Che, se apostaron en lo alto de la azotea de la casa Nº 15 de la calle Garófalo entre Máximo Gómez  y Luis Estévez, a cincuenta o sesenta metros de la entrada principal de la Jefatura de la Policía, a donde habían llegado rompiendo paredes interiores de las casas para estar lo más cercano posible a la Jefatura, sin ser vistos. En este combate una bala enemiga lo alcanzó y lo hirió mortalmente.
    El 1º de enero de l959 la Revolución obtuvo su triunfo y el 15 de julio de ese mismo año se rememoró el lugar de la caída del Vaquerito, al colocar una tarja en la fachada de la casa, antes mencionada. En este acto estuvo presente el Comandante Camilo Cienfuegos y afirman algunos que fue él junto a la madre del Vaquerito quienes develaron la tarja.
    El 30 de diciembre de l983, de nuevo su madre, pero esta vez junto al Comandante Ramiro Valdés, en el acto por XXV Aniversario de la Batalla de Santa Clara, develaron el monumento erigido a este héroe, obra del escultor José Delarra, que muestra al Vaquerito de frente a la calle Garófalo, muy próximo al lugar donde cayera, en el ala norte del parque, de pie con su uniforme militar y el fusil al hombro. Al reverso del mismo quedó inscripta la célebre frase pronunciada por el Che ante el cadáver del héroe:  Me han matado cien hombres. 
    A finales de la década de los años setenta el gobierno revolucionario, representado por las autoridades locales acometió la tarea de remodelar el parque, proyecto dirigido por el arquitecto Carlos Pérez de Alejo Monteagudo, quien refiere haber tomado elementos del de Remedios tratando de mantener, con sentido simbólico, los vínculos históricos entre ambas ciudades. Sobresale el detalle del enrejado a las áreas verdes y al Monumento a las Familias Fundadoras, las rejas que bordean el parque repiten los detalles del que circunda al atrio de la iglesia que ya existía y que fue tomado como modelo para lograr con ello una unidad ambiental, los asientos que bordean los canteros forman parte del conjunto. La plazoleta ovoidal frente a la fachada de la iglesia, construida con losas de barro semejando a las del atrio y a las del interior que en aquel momento tapizaban el piso del templo, esta plazoleta fue concebida con la idea de mantener la tradición de celebrar actos en la escalinata de la iglesia.  
    En el proyecto consideró cuatro áreas fundamentales: descanso, actividades culturales, área histórica y la de recreación infantil, esta última se revitalizó  y se mantuvo activa hasta que se inició la construcción del monumento al Vaquerito para lo cual se utilizó el área del parquecito infantil y éste desapareció.
    En la jardinería se tuvo en cuenta el sembrado de plantas ornamentales y útiles por la sombra que prodigan a los asientos, pero además se trató de mantener la identidad nacional como ocurre con la presencia de la palma real y la ceiba que se encuentran al lado sur del parque.
    En tiempos más recientes, el lugar vuelve a ser testigo de la solidaridad humana. Se escoge el monumento a las familias fundadoras, debajo del tamarindo, para celebrar el hermanamiento entre Mogán, Islas Canarias y Santa Clara. Si ayer las familias remedianas llegadas aquí fueron bien acogidas por los que habitaban estos parajes, hoy llegan otros de tierras mucho más lejanas, no para quedarse físicamente, pero sí espiritualmente y también son bien recibidos por los moradores de esta ciudad, para hermanarse en un gesto solidario y de apoyo espiritual y material.
    El l5 de mayo de 1993 se encuentran, en un acto masivo, la Delegación Canaria, presidida por el Alcalde de Mogán, señor Guillermo Bueno Quintana y el entonces presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Santa Clara, Humberto Rodríguez González para rubricar el documento que testimonia el hermanamiento.
    Aunque este trabajo pretende resaltar valores históricos y patrimoniales, no pueden obviarse las funciones sociales que cumple el parque, cuando cada día, los niños juegan, los ancianos del Círculo de Abuelos realizan sus actividades, los adolescentes de la ESBU El Vaquerito participan en matutinos o reciben clases de Educación Física, cuando vecinos del lugar o cualquier transeúnte que desea descansar o refrescar del veraniego calor bajo las sombras de los árboles que cobijan los bancos, leen un libro, conversan con amigos, enamorados o simplemente contemplan el paisaje, los hay que duermen sus siestas allí y no falta algún que otro turista visitando el lugar interesado en conocer la historia o apreciar sus valores artísticos y culturales. Este parque también fue y continúa siendo el lugar donde se celebran tradicionalmente las fiestas de la Fundación de la Ciudad, los 15 de julio de cada año. En enero de 1998 se efectuó en la explanada, frente a la iglesia un inusual acontecimiento: la misa abierta, oficiada  por el Obispo de Villa Clara como preparación de los feligreses para la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, la que contó con la participación masiva de la población católica de la ciudad. 

    Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

     

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    Ubicada en calle Libertadores y Central, señaliza el lugar histórico por donde fueron cortadas las alambradas españolas por los mambises al mando del General José de Jesús Monteagudo, Jefe de la Segunda División del Cuarto Cuerpo del Ejército Libertador para su arribo a la ciudad de Santa Clara el 31 de diciembre de 1898.  A iniciativa del Club Juan Bruno Zayas se sembró la Ceiba para perpetuar este acontecimiento histórico y se edificó el monumento que la rodea.

    Hecho histórico
    En la mañana del 31 de diciembre de 1898 se produjo el paso triunfal de las tropas mambisas por Villa Clara, en un lugar donde existía una alambrada de 52 pelos con fortines intercalados a cortos trechos. La misma fue cortada en un punto ubicado en la parte suroeste de la ciudad de Santa Clara, a la terminación de la hoy llamada calle Marta Abreu, por donde cruza la Carretera Central.

    En los mismos instantes en que el pueblo enardecido y lleno de emoción, esperaba con vítores y entusiasmo a los soldados de la patria, por el lado opuesto de la ciudad, en dirección a la estación de ferrocarril, evacuaban las tropas españolas.
    Los vecinos de Villa Clara congregados en el lugar de la Ceiba Histórica, dieron la bienvenida a los libertadores, hablando en tan memorable acto el Licenciado José Benito Pérez de Alejo en representación del comité patriótico de la ciudad y el Dr. Pedro Cué y Pérez en nombre del club Juan Bruno Zayas, contestándole en nombre de los libertadores los generales José de Jesús Monteagudo y José B. Alemán, que recibieron en aquellos instantes de honda emoción, el saludo de un pueblo que los aclamaba.

    Las tropas las formaban los regimientos de caballería “Zayas” y “Villa Clara” y el de infantería “Libertad”, con el personal sanitario que prestaba sus servicios en el hospital de sangre establecido en la Finca Vila, cercana de la ciudad. Al frente de este hospital marchaba el ilustre comandante médico Dr. Jorge Vega la Mar. Entre los oficiales cubanos se encontraban los Generales José de Jesús Monteagudo y José B. Alemán, el Brigadier Gerardo Machado, el Coronel Carlos Aguilar, el Tte. Coronel Solano Romero, los Comandantes Jorge Vega la Mar y Francisco Gómez Espinosa, los Capitanes Justiniano Pedraza, José Delgado, Rigoberto F. Lecuona y Aurelia Cervantes y los tenientes Israel Consuegra, Luis Torres, Francisco Pérez y Waldo Planas.
    Posterior a este acto popular las tropas insurrectas  se dirigieron a la Plaza Central y lo hicieron por el camino  hoy tramo de la carretera central hasta el puente El Gallego donde comenzaba la calle Calvario, actual Marta Abreu donde efectuaron el acto central con lo que concluyó el sistema colonial en Santa Clara.

    El Monumento
    La idea de hacer un monumento recordatorio fue del club Juan Bruno Zayas y a ellos se debe el haber sembrado esta ceiba en el mismo lugar donde fue cortada la alambrada con fortines intercalados. El 30 de noviembre de 1900 el concejal villaclareño Don Enrique del Cañal, hizo presente al cabildo, a nombre del club Juan Bruno Zayas y para contribuir a las iniciativas de la patriótica sociedad “Liceo” que en ese año preparaba las fiestas para conmemorar el segundo aniversario de la entrada de los libertadores, propuso la colocación de una lápida en el lugar que ocupa la ceiba que plantó dicho club, en la parte que se picó la alambrada para verificar aquella entrada y resguardar al histórico árbol con una verja de hierro, además propuso plantar una alameda de árboles desde la ceiba hasta el puente cercano a la entrada de la ciudad,  sembrar laureles a ambos lados de la calles, la cual llevaría el simbólico nombre de Avenida de la Libertad aunque de forma popular era llamada como Avenida de los Laureles.
    La proposición fue aceptada por unanimidad. La lápida conmemorativa dice: “El Club Juan Bruno Zayas señala en esta ceiba el lugar de la alambrada que se picó para entrar el Ejército Libertador el día 31 de diciembre de 1898”.

    Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

     

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