Autor: Florentino Martínez Rodríguez

A buen seguro que entonces no pensaban los vecinos de la incipiente villa de Santa Clara, que pudiera venir, al rodar de los años, un sistema de alumbrado público, mejor que el mísero y desmedrado que a la sazón existía. Lo constituían los faroles colgados de un garfio de hierro, a la puerta de alguno que otro vecino pudiente, portadores de sendas lámparas de aceite, ennegrecidas por el humo de medio cristal arriba, y empañados por la intemperie de medio cristal abajo; y cuya luz, que no alcanzaba más allá de unos cuantos pasos, luchaba desesperadamente con las sombras.

La negativa potencia de aquellos faroles, que sólo podía aspirar a conseguir el efecto que produce una pincelada roja en un fondo oscuro, hacía, por ley del contraste, que en el variable intermedio de uno y otro, las tinieblas impusieran su imperio sombrío con más tenacidad, tajado a trechos por débiles franjas de luz mortecina, que se escapaban por las puertas o las ventanas de alguna casa, en cuyo interior ardía la legendaria vela de cebo, dentro de una panzuda guardabrisa.

Nada trasnochadores los vecinos, cerraban sus puertas a temprana hora, para entregarse plácidamente al descanso, y era de ver entonces el aspecto de las calles las noches en que, como es natural que ocurra las más de las veces, no había luna que auxiliara el municipio en el servicio de alumbrado de la villa; y no digamos nada si el vientecillo nocturno, colándose por los intersticios de algún farol roto o desvencijado, apagaba aquí y allá una candileja, borrando las pinceladas rojas del cuadro sombrío; que entonces se alargaba el trecho oscuro, sin ninguna intermitencia, infundiendo cierto pavoroso encogimiento en el ánimo del que tuviera que arriesgarse por aquellas nocturnidades, que hacían más densas los árboles que alzaban sus ramajes por encima de los muros de los patios, o de las cercas de los muchos solares yermos, y se extendían hacia la calle, como si no cupieran en su recinto; pavoroso encogimiento tanto menos de extrañarse, cuanto que es sabido lo dadas a la superstición, a creer en duendes y aparecidos, que eran aquellas buenas gentes.

Ello, sin embargo, tenía apreciables ventajas para tahures y galanteadores: para los primeros, por la facilidad de burlar la vigilancia de la autoridad y de poder reunirse, sin encontronazos con alguaciles, ni intromisiones de la justicia, en los sitios previamente convenidos, y allí desvalijarse mutuamente; y para los segundos, por las oportunidades que tenían para rondar la dama de sus pensamientos, sin ojos escrutadores u oídos importunos; y hasta para llevar a feliz término cualquiera aventura, en que un extraño testigo es un inconveniente insuperable.

Y no hablamos de los desocupados, más o menos amigos de cargar con lo ajeno, porque a Dios gracias, apenas se conocían en la villa, en aquellos buenos tiempos de honradez acrisolada y honorables costumbres, casi patriarcales, en que se respetaba lo ajeno, tanto como hoy se codicia.

En una casa de la calle de Luis Estévez, llamada antes de San Juan Bautista, y primeramente de los Huesitos, acaso por el hecho que vamos a referir, y muy cercana a la Plaza Mayor, entonces en embrión, vivía una muchacha a la que, para evitarnos reclamaciones de algún descendiente en décimo grado, cambiaremos el nombre para llamarla Mercedes, pero de la que no podemos callar que era rozagante y linda como flor de primavera, que tenía veinte años como veinte bendiciones, y que su voz, su sonrisa y su donaire, eran otras tantas bendiciones, como sus años juveniles.

Era hija del alcalde ordinario de la villa, sin que en lo de ordinario haya otra intención, por nuestra parte, que la de expresar bien claramente su cargo, que así se denominaba, y no la de hacer alusión a sus maneras, azas bruscas, a su genio agrio, a su cara de pocos amigos y a su propensión a montar en cólera a las primeras de cambio, lo que lo hacía desbarrar con frecuencia, dicho sea con perdón de su doble autoridad de alcalde ordinario de la villa, y de padre de aquel pimpollo de Mercedes.

El tal pimpollo era requerido de amores por un mocetón fornido, bien plantado, simpático y decidor; un tipo con todas las de la ley para hacer aquella conquista, y aun otras de más campanillas, aunque no le faltaban éstas a la que traía entre manos, porque aunque era muy bien visto por la muchacha ¡y tanto! lo de la conformidad o adquiescencia del padre, era una empresa que no sabía el mozo, no ya cómo llevar a término, ni siquiera cómo abordar con miras al éxito.

Por lo pronto, contaba con la voluntad de ella, que se dejaba querer y le quería a su vez, y contaba con algo más: con la promesa de salir al postigo de la ventana de su cuarto, a altas horas de la noche cuando ya estuvieran recogidos sus padres y los vecinos, único medio de comunicación de que podían disponer y, aún así, expuesto a ser interrumpido, si llegaba a conocimiento del alcalde, si no por lo de alcalde, por lo de padre.

La noche que por primera vez quiso nuestro enamorado mancebo utilizar aquel recurso, se llegó muy quedo a la ventana de su amada y ya iba a dar los toques convenidos, cuando cayó en la cuenta de que el farol instalado en la puerta de aquella casa—que no habría de faltar en la de la primera autoridad de la villa, siquiera para dar ejemplo—iluminaba el sitio lo suficiente para ser vista, desde cierta distancia, una persona que se situase junto a la ventana; y sin meditarlo mucho, subió por ésta y gracias a su estatura y a un formidable soplo que lanzó a la candileja, mató la luz en el acto.

Pero entonces surgió otro inconveniente. La casa fronteriza tenía una ventana, defendida por torneados balaustres de madera, de los que faltaba una buena parte, tras los cuales y por un postigo que permanecía abierto, a pesar de la hora, se divisaba una débil claridad en el interior, distinguiéndose una borrosa silueta de mujer que, según todas las trazas, atisbaba lo que ocurriese en la calle.

El joven quedó indeciso. ¿Si sería que el alcalde había puesto allí alguien que vigilara su casa? Tuvo intenciones de dirigirse resueltamente a la indiscreta —porque no cabía duda de que era una mujer—y preguntarle por qué husmeaba lo que no le importaba, pero dispuesto a llegar al fin por senda segura y no echarlo a perder en un momento de impaciencia, se detuvo para no darse a conocer; y al fin resolvió marcharse.

Tres o cuatro veces, en noches sucesivas, trató de acercarse a la ventana de Mercedes, que para él estaba resultando puerta del purgatorio, cuando se la había prometido entrada del cielo; y otras tantas vio la consabida silueta de mujer, tras de aquel indiscreto postigo.

—Yo tengo que espantar este avechucho—se dijo. ¿Quién será?

Como en todo aquel tiempo no había podido cambiar una sola frase con Mercedes, estaba rabioso, pensando que la muchacha podía figurarse que sus propósitos no eran firmes y serios, o que no se atrevía a llamarla por la ventana, con lo que sufría su fe de amante rendido, y su valor, dispuesto a hacer una barrabasada, a no ser por ella que, en primer lugar, habría sufrido las consecuencias.

Los datos que tenemos respecto de la mujer que venía estorbando a nuestros enamorados la realización de sus planes, nos permiten creer que realmente no había de su parte ese propósito. Se trataba de una vieja beata, desvelada como un búho, que vivía en compañía de una vieja africana y que, buscando el airecillo de la calle, se estaba sentada tras la ventana, hasta la medianoche, en que se iba a la cama. Esto de vieja, beata y desvelada, nos lleva como de la mano a deducir que era curiosa, y si bien no se sabe que el alcalde le diera la comisión de vigilar su casa, ella, que apenas anochecía, se asomaba a la ventana en espera de que pasara el Santo Rosario, una vez que esto ocurría, seguía en su puesto de observación, mitad para tomar el fresco y matar el tiempo, y mitad para observar los trasnochadores, y enterarse de si se abría una puerta o se cerraba otra, etc., haciendo acopio de asuntos para las murmuraciones del siguiente día, con otras de su empaque y aficiones. Noticias hay que aseguran que ella atisbaba desde allí, para ver si era cierto que, a deshora, marchaban en silencio las brujas a reunirse en su aquelarre; pero a lo mejor, tal aserto es calumnioso.

Antes de seguir adelante, digamos que entre las muchas prácticas y costumbres religiosas de aquella época de verdaderos creyentes, existía la de organizarse, de noche, en los templos, algo así como una procesión, compuesta de fieles de todas las edades, sexos y jerarquías que, con el cura y el sacristán a la cabeza, marchaban por las calles con velas encendidas, rezando el rosario, para volver al templo. Los vecinos que no podían asistir a esas peregrinaciones nocturnas, que terminaban el día de nuestra Señora del Rosario, en que se celebraba una gran fiesta religiosa, las esperaban a la puerta de sus casas, rezando con toda unción y recogimiento mientras pasaban; y eso hacía la vieja vecina del alcalde.

Cuando el amante de Mercedes perdió la esperanza de que aquella testigo impertinente le dejase el campo libre, se convirtió en asiduo concurrente a la iglesia, para asistir, como asistía, a la peregrinación del Rosario, quedándose a la cola al pasar por la casa de aquella bruja—como él la llamaba, muy impropiamente—para observarla y explorar el interior, a fin de saber quiénes vivían allí y cuánto más pudiera convenirle, si bien teniendo la precaución de variarse el traje, alzarse el cuello de la chupa y ladearse el sombrero, para no ser reconocido en ningún momento.

Otras veces hizo el recorrido después del Rosario, cambiando de indumentaria, hasta que se convenció de que en la casa sólo vivían las dos viejas y de que, la que permanecía en la ventana, era siempre la misma, la vieja beata de que hemos hablado.

En uno de esos recorridos, cuando ya estuvo dispuesto a inaugurar un plan de campaña que había ideado, fue acercándose muy quedo a la ventana, miró a uno y otro lado de la calle, y no distinguiendo ser viviente en los alrededores, dio un salto con gran aspaviento, quedando asido por unos instantes de los balaustres, y emprendiendo después una rápida carrera.

La vieja lanzó un ¡Jesús me valga! temblando del susto y tiró el postigo con violencia. El travieso mancebo oyó la exclamación y volviendo la cara, vio el postigo cerrado, pero no quiso acercarse al de su amada, temeroso de que algún vecino alarmado abriera el suyo, para enterarse de lo ocurrido. Si era cierto que la noctámbula esperaba las brujas, ya tenía para irse convenciendo.

La noche siguiente, tan pronto pasó el Santo Rosario, el joven que, como siempre, iba a la cola, pudo observar que la vieja cerraba el postigo, quedando la casa en silencio.

—Esto va bien—pensó--—pero dos horas más tarde volvió, como otras veces, y con el consiguiente disgusto se convenció de que el postigo estaba, no diremos que abierto, pero sí entrejunto y, tras la abertura, estaba la cara de siempre, que reconoció en la penumbra.

Entonces fue rápidamente a su casa, se puso un largo abrigo, se caló el sombrero hasta los ojos y tomando bajo el brazo un extraño envoltorio que extrajo de un cajón, tomó a pasar por la casa de su pesadilla, deteniéndose frente a la ventana dicha, con ademán misterioso. En el mismo momento el postigo se cerró como por encanto, por lo que dio unos golpecitos en la madera y ahuecando la voz, dijo:

—Buena mujer, guárdeme esto.

Nadie contestó y él volvió a repetir:

—Guárdeme esto, en nombre de la Virgen.

El postigo fue entreabriéndose poco a poco, mientras una voz gangosa preguntaba desde el interior:

—Qué he de guardar?

—Esto, un par de velas y un candelero—dijo él, a tiempo que por el hueco que había dejado un balaustre caído, introducía el envoltorio que portaba, sin dar tiempo a la vieja a que volviera a cerrar. Ella tomó el envoltorio, temblorosa y con desgano, mientras el mozo añadía:

—Mañana y todas las noches le traeré más, hasta llenarle la casa.

Y se alejó con rapidez, apenas sin hacer ruido, y sin que durante aquel breve diálogo se dejara ver la cara.

La cara que habría que ver, era la que pondría la vieja cuando, después de darle vueltas y más vueltas al extraño bulto, y de palparlo por fuera, se resolvió a desenvolverlo para ver las velas y el candelero que suponía dentro, y se encontró con dos tibias y un cráneo humanos, y recordó la promesa del desconocido de que le traería más las noches siguientes, hasta llenarle la casa.

No cuenta la tradición, ni hace al caso saberlo, cómo pasaría la noche la impenitente desvelada, que bien lo estaría aquella vez; lo que sí se tiene por cierto es que, apenas amanecido el siguiente día, se echó a la calle en busca de casa para mudar de domicilio, lo que realizó aquella misma mañana; operación que fue presenciada por el amante de Mercedes, desde un lugar cercano, riéndose por dentro como un loco y frotándose las manos de gusto.

Aquella misma noche, y previo el consabido soplo a la candileja de la casa del alcalde, quedó inaugurado el servicio de comunicación convenido entre los dos amantes, por medio de un postigo, más discreto que el de la casa fronteriza, que siguió desalquilada, puesto que no tardó en cundir el rumor de que en ella no se podía vivir, porque de noche venían duendes o brujas a guardar osamentas humanas, siendo inútil negarse a tomarlas, porque las hacían filtrar por muros y tabiques.

Tomado textualmente de: Martínez, Florentino (1959): Ayer en Santa Clara. Departamento de Estudios Hispánicos, Universidad Central de Las Villas.

Se ha mantenido la redacción y ortografía con que fue publicado este texto originalmente.

 

Autor: Manuel García Garófalo

Una alegre mañana del mes de Mayo, un robusto muchacho que prestaba sus servicios como mandadero en una Hacienda que se extendía al Norte de la Villa, estuvo en misa, en la ermita de la “Divina Pastora”, que se alza sobre una planicie hermosa, dominando toda una extensa barriada, y el joven quedóse prendado de una linda muchacha, hija del sereno de la Villa.

Entusiasmado, por los encantos de la joven, sintiendo en su alma los dulces sobresaltos del amor, soñando con un mundo de esperanzas y de dichas, no daba con los encargos, y olvidábasele sus obligaciones y servía mal en sus faenas del campo.

De tarde, cuando el sol se iba lejos, ocultándose con un adiós de fuego y grana detrás de las grandes lomas y el cielo cubríase de estrellas, y el río corría murmurador por su viejo cauce de peñas cubiertas por el musgo verdoso, el muchacho recogía algunas flores silvestre y encaminábase a la Villa, para dárselas al ídolo de su amor.

La muchacha llamábase Esperanza, era una gran moza, alta y robusta, de negros y rasgados ojos, llenos de pasión y de amor; no parecía una flor nacida en el corazón de una barriada, sino una flor delicada cuidada y educada con esmero.

No dió Esperanza entrada al amor del muchacho, y si aceptaba las flores y las múltiples demostraciones de amor, era por amistad.

Sucedió una tarde, que al regresar del campo, conduciendo su ganado el muchacho, se enteró que Esperanza estaba enferma, en cama; y como pudo, encerró en el corral a su ganado y montado en su potro volaba por las sabanas hasta ganar la Villa, que destacaba su perfil blanco entre el claro obscuro de la noche.

En los momentos en que reuníase en la casa todos los vecinos y un curandero, que hacía las veces de médico en la Villa, llegó el muchacho asustado, temeroso y entristecido. Era necesario ir a las lomas del “Escambray” y traer ciertas yerbas para hacer de ellas un cocimiento para poder devolver la salud a la encantadora niña, al ídolo de su amor, y en ese instante no había en toda la Villa una diligencia, ni un mandadero que se prestara. El curandero recomendó que era caso de urgencia y había que ganar tiempo, dependiendo la salvación de Esperanza de las hierbas...

Desapareció el muchacho, nadie notó su ausencia de la casa. Sobre su potro dorado, como centauro arrebatado, corría por las sahanas y saltando obstáculos y vericuetos, ganando terreno, volaba el jinete en medio de la oscuridad de la noche. Conocedor de aquellos montes, pudo en pocos instantes llegar al arroyo del “Escambray” y cruzarlo de un salto. Amarró su potro y ascendió al monte con el corazón lleno de dulces esperanzas... De peñascos en peñascos, ganó los altos picachos y los primeros claros de la aurora alumbraron al muchacho, que entre picos ásperos y largos, cortados por la naturaleza como hachazos, buscaba las hierbas recomendadas y que él conocía. En el final de un pequeño declive, encontró un montón de la hierba, que cubría un nido, echó fuera el nidal y arrancó con segura mano las hierbas, seguía en su labor y pudo llevar una buena cantidad. Desde aquel mirador, contempló la pequeñita Villa que casi ni se destacaba en el valle. Descendía lentamente, y algunas piedras caían a su paso. La Sierra del Eseambray, álzase grande y orgullosa, como dando mareo al valle que se extiende a su pie, es negruzca, es áspera, no tiene en sus laderas ni palmas ni flores, es una mole que se estira y que parece querer cortar con sus picachos el cielo.

Llegó el muchacho a la casa de Esperanza y fué una gran sorpresa que encontrara las hierbas, que devolverían la salud a la hermosa joven que en el lecho del dolor quejáhase continuamente.

Pasaron los días y los meses, y una tarde, de fiesta, cuando Esperanza con otras amigas paseaba por la Plaza, el joven dirigiéndose a ella, declarándole su amor.

En aquella entusiasta declaración, humilde y elocuente, donde puso toda la sinceridad de su amor y toda la pureza de su alma, modesta y buena, todas las ansias de su vida, fué rechazada, enérgicamente con un brusco arranque de soberbia y vanidad.

No era posible que la hija de un sereno pudiera querer al labrador y mandadero de una hacienda, el nivel social, para ella no era igual y no podía dar ni siquiera una dulce esperanza de consuelo…

La luna iluminaba todo el valle, repercutía por las sabanas los cascos del potro al pisar las piedras que el eco repetía, y como una sombra, los árboles mecíanse con ritmo de un vals.

El pobre muchacho llegó a su hacienda, su perro con ladridos de felicidad salió a su encuentro, pero no recibió las pruebas de afecto que otras veces recibía de su entristecido amo.

En el fondo del alma de decepcionado muchacho el dolor había hecho nido, y sufría en el silencio de su pena, el más horrible de los desengaños.

Una mañana como de costumbre, llevaba su ganado a través de los potreros, un toro, ensoberbecido, embistió a su caballo causándole heridas al jinete que fué ensartado en los cuernos de la bestia que le causó en el acto la muerte, y el ganado espantado corrió por la sabana lanzando bramidos…

La noticia de la muerte del joven causó tristeza en todas las haciendas, en toda la Villa, donde se le dio cristiana sepultura, una tarde, en el atrio de la iglesia, ni una flor ni una oración tubo para el infortunado joven, la ingrata Esperanza, que no sintió, al paso del cadáver, ni el agradecimiento por haberle salvado la vida…

A los pocos días apareció en lo alto del campanario de la ermita de la “Divina Pastora”, una calabaza, florida, que fué por toda a vida el horror de Esperanza, que la contemplaba con temor y remordimiento.

Esa calabaza que por obra del arte surgió desde entonces, desde lo alto de la torre donde están las campanas, señala a la juventud un hecho, indica al caminante un suceso y simboliza, que un amor sincero y puro, fue rechazado por el orgullo de una joven, cuando el verdadero amor no reconoce diferencias; es como el agua que no puede ser presa de un dique.

Desde lo alto de la torre, la calabaza es respetada por el tiempo y por los hombres, y es contemplada por todos los que transitan por aquella barriada, que quizás ignoren el por qué de existir en lo más alto de la torre “La calabaza de la Pastora”.

Tomado textualmente de: García Garófalo, Manuel (1925): Leyendas y tradiciones villaclareñas.

Se ha mantenido la redacción y ortografía con que fue publicado este texto originalmente.