Autora: MSc. Hedy Águila Zamora

Cuenta Villa Clara entre la pléyade de patriotas con una mujer que merece no ser olvidada, es por ello que en su 192 aniversario no sólo los villaclareños, sino todos los cubanos estamos prestos a recordarla con el homenaje sencillo y sincero como lo fue ella.
Nació Carolina María Rodríguez Suárez en Santa Clara el 20 de noviembre de 1825, hija del matrimonio de Don Félix Valois y Ana Francisca Suárez y creció en aquel ambiente colonial de injusticias y sinsabores que sufrían los cubanos, ese ambiente moldeó su espíritu, convirtiéndola en una luchadora incansable. Se unió en matrimonio a Manuel Casero de quien enviudó, años más tarde.
La labor de Carolina Rodríguez como agente secreta fue muy significativa para lo que mantuvo vínculos con Carlos Roloff. En el período de entreguerras cuando corría peligro su vida por sus acciones contra España, viajó a Estados Unidos, allí durante su estancia se vinculó a grupos de exiliados y laboró en una tabaquería donde recibía un modesto salario y vivía precariamente para donar el dinero que ganaba a la causa cubana que en aquellos años previos al estallido de la Guerra del 95 cuando José Martí realizaba la labor de aglutinamiento de fuerzas y recursos para la guerra.

Martí conoció a Carolina Rodríguez en esos avatares y quedó impresionado con la tenacidad y convicciones patrióticas de esta mujer, gracias a estos vínculos que se crearon entre ambos, hoy contamos con una información que sólo Martí nos legó en su grandiosa obra. Por la correspondencia establecida entre ellos y los artículos publicados en el periódico Patria, podemos conocer este período de la vida de la patriota Carolina
Martí dignificó la imagen de Carolina con su verbo preciso y con la justeza de las palabras adecuadas para valorar su actitud. Aún cuando Carolina por su patriotismo sin límites, no podía ser olvidada, hay que reconocer que Martí contribuyó a su inmortalidad, distinguiéndola como “El alma de Cuba”
Por el artículo publicado en Patria se ha podido obtener la imagen de la habitación modesta y muy pulcra, adornada con un vaso de flores como un símbolo de su sensibilidad femenina que la dureza de la guerra no le hizo perder, también cuenta Martí como Carolina salía muy de mañanita arrebujada en su manta de lana negra para ocupar su silla en la tabaquería donde despalillaba tabaco y con el modesto jornal que con sus manos de setenta años podía ganarse se ocupaba de distribuirlo entre los cubanos enfermos en el exilio, los clubes que recaudaban fondos para la guerra y apenas si quedaba para su sustento. Esta ejemplaridad de Carolina en su modo de vida en el exilio a favor de la causa cubana, también se expresaba en la creación de clubes revolucionarios y en apoyo a cuantas actividades se realizaran con estos fines.
En 1894 en Ybor City estaba Carolina muy enferma de la vista, falta de recursos para atender al despalillo de tabaco con que se sostenía, el día 10 de octubre de dicho año se efectuaba en West Tampa una gran fiesta patriótica en conmemoración del Grito de Yara, los tabaqueros cubanos que trabajaban en los talleres de aquella naciente población habían cedido el producto de ese día de trabajo para fondos de la revolución y a cuya fiesta asistió Carolina, entre otras cosas allí se pidió una contribución para ayudar al costo de una operación que tenía que hacerse en la vista y después que aquella enorme concurrencia hizo sus aportes, Carolina alzó su brazo para decir que, “en virtud de que los trabajadores habían contribuido con el día de trabajo para armas y municiones con que libertar la Patria y como ella no podía contribuir de igual manera aunque cegada para siempre cedía la cantidad allí recolectada para su curación, a la adquisición de dichas armas y municiones con que libertar la Patria de todos los cubanos” , Carolina fue bajada de la tribuna en brazos de los que estaba cercanos de ella, entre aplausos y vivas a Cuba Libre por aquel acto de desprendimiento tan noble y tan patriótico.
Al finalizar la guerra y con los cambios de poder del gobierno en Cuba, ocurridos el 1ero de enero de 1899, los cubanos a partir de esa fecha pudieron regresar a Cuba, llegó Carolina enferma, casi ciega. En su ciudad natal ocupó una habitación en una casa de la calle el Carmen, en Santa Clara, donde murió el 2 de junio de ese año. No recibió homenajes, ni fue reconocida por sus méritos patrióticos. Pasó mucho tiempo, ya en 1939, por acuerdo adoptado por el Ayuntamiento y el centro de Veteranos y Patriotas de Santa Clara, con fecha 4 de octubre de ese año, decidieron rendirle homenaje y exhumaron sus restos para colocarlos en el panteón de los veteranos, para lo cual realizaron esquelas mortuorias de invitación al pueblo de Santa Clara para rendirle homenaje en capilla ardiente la noche de 26 de enero de 1940 en la sede del Centro de Veteranos en Calle Cuba y Carretera Central para su traslado al cementerio de la ciudad donde se colocaron en el panteón de veteranos (Ver anexo ) donde reposan actualmente.
Otro reconocimiento fue el de llamar el callejón de El Carmen, por disposición del Ayuntamiento del 10 de junio de 1899 con su nombre, atendiendo a que en ese lugar pasó los últimos días de su vida, es el que ostenta actualmente. Ya más recientemente se colocó una tarja que fue develada el 31 de mayo de 2013 en la fachada de la que fue su última morada. ( callejón de Carolina Rodríguez, entre Julio Jover y Berenguer en Santa Clara).
La Sociedad Cultural José Martí de ViIla Clara, creó un club de jubilados en Santa Clara que lleva su nombre y honran a Carolina Rodríguez con su trabajo por la divulgación y el conocimiento de la obra martiana y la vida de esta ejemplar mujer.

Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

Autora: Lic. Migdalia Cabrera Cuello

Patriota de la independencia de Cuba. Congregó a un grupo de patriotas con el fin de fomentar en Santa Clara una conspiración.
Nació el 17 de febrero de 1841 en Santa Clara, hijo de Martín Lorda, francés y María del Carmen Ortegoza, natural de Santa Clara. Muy joven fue enviado a Francia, la patria de su padre donde realizó estudios hasta graduarse de medicina.
En Francia ejerció poco tiempo su profesión, pues el amor a su tierra lo llamaba, y a ella volvió. Apenas instalado en Santa Clara comenzó a ganar fama de médico entendido y hombre excelente.
Ocupó el cargo de vicepresidente de la Junta Revolucionaria, compuesta por Miguel Jerónimo Gutiérrez, Eduardo Machado, Juan N. Cristo, Tranquilino Valdés, Arcadio S. García, entre otros. Esta Junta, apenas constituida, comenzó a trabajar sin descanso en la organización de la guerra en la región central.
Lorda fue avisado por el telegrafista, amigo suyo, Federico Marrero que el mando militar español de Santa Clara solicitaba autorización para capturar a los miembros de la Junta, lo que todo indicaba que habían sido descubiertos, por tanto tuvieron que adelantar el alzamiento que preparaban para el día 2 de febrero en San Gil y el 7 de febrero de 1869, ocurrió el de todas las fuerzas de Las Villas en la finca Cafetal de José González, cerca de Manicaragua.
La fuerzas insurrectas villareñas asistieron a la Constitución de Guáimaro en Camagüey y meses después de constituida la República, Lorda ocupó el cargo de Secretario de la Guerra del Gabinete del Presidente Carlos Manuel de Céspedes. En el cumplimiento de tan altas funciones se hallaba cuando se enfermó de difteria y murió el 16 de mayo de 1870 en Caunao, Camagüey.
Como homenaje póstumo fue designada como "Dr. Antonio Lorda" la sala de niños del Hospital de Maternidad e Infancia "Lutgarda Morales" en 1928 en Santa Clara. Este hospital dejó de funcionar y con él se olvidó totalmente el nombre de este patriota en la ciudad donde no existe nada que haya quedado para perpetuar su memoria.

Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

Autora: Lic. Migdalia Cabrera Cuello

Nació en Santa Clara el 31 de enero de 1923. Cursó la enseñanza hasta el Bachillerato en esta misma ciudad, y se matriculó después en la Universidad de La Habana para estudiar medicina, carrera que concluyó en 1949.
En sus tiempos de estudiante no tuvo una activa vida política, uniéndose en general a las protestas estudiantiles propias de esos años, sobre todo algunas acciones contra los corruptos gobiernos auténticos. Fue simpatizante del líder Eduardo Chibás, y a su retorno a Santa Clara, ya como médico, se afilió al partido que fundara el dirigente ortodoxo.
Ante al golpe de estado del 10 de marzo de 1952 fue de los que se movilizó para oponerse de inmediato al hecho, lo que le costó unas horas de detención. Después integró por pocos meses la Triple A, que abandonó por su politiquería y falta de verdadero interés por derrocar al régimen.
Poco tiempo después Rosell integró al Movimiento Nacionalista Revolucionario, que dirigía Rafael García Bárcenas, y que organizó en Las Villas, provincia donde tuvo importancia y que contó con numerosos miembros. Por su trabajo fue nombrado como Secretario Nacional Organizador, pero con sede en su provincia. Al ser destruida la dirección de este Movimiento con la detención de su líder, García Bárcenas, y prácticamente desintegrarse, mantuvo su posición contraria al régimen y sus vínculos con los compañeros de lucha.
Al salir Fidel Castro y los moncadistas del presidio, y ante la tarea de crear el Movimiento 26 de Julio en todo el país, Rosell fue convocado para entrevistarse con el líder de la Revolución en La Habana; se pretendía que asumiera la organización y coordinación en Las Villas. Sin embargo, no hubo acuerdo porque Allán consideraba necesaria la presencia del líder un tiempo más largo en Cuba, para  consolidar  la agrupación antes de marchar al exilio.
No obstante, al surgir el M-26-7 en junio de 1955, fue un decidido colaborador que apoyaba las actividades de la organización. Después del desembarco del Granma, y luego de la visita a Santa Clara de Frank País y Faustino Pérez, integró la dirección del Movimiento como responsable de la Resistencia Cívica y logró crear esta estructura en las diferentes regiones de la provincia, hasta asumir la jefatura de  Acción.
Como jefe de acción, y con el nombre de Comandante Hipólito, trabajó con las cinco regiones en que se dividía Las Villas, y Santa Clara que tenía dos zonas, para desarrollar las actividades contrarias al régimen. Entre enero y febrero de 1958 volvió a prisión, al parecer su nombre aparecía en algunas declaraciones hechas por detenidos que le conocían.
La situación interna de la organización hizo que Rosell mostrara su determinación de no continuar al frente de la misma, pero no por ello dejó de prestar su colaboración más decidida. Así se mantuvo hasta la llegada del Comandante Ernesto Che Guevara a las montañas villareñas, cuando se incorporó junto a otros profesionales de la salud para dar su ayuda a los combatientes, aunque en realidad el jefe rebelde lo designó para atender la propaganda, incluida la emisora radial que allí se instaló, labor que cumplió hasta la caída del régimen tiránico.
Licenciado de inmediato del Ejército Rebelde y a propia petición se le asignaron responsabilidades vinculadas con la aplicación de la política agraria de la Revolución, tareas que cumplió hasta 1961, en que se dedicó a su profesión.
Laboró como médico, fue profesor y director de la Escuela de Psicología de la Universidad Central, donde construyó sus laboratorios, fue Decano de la Facultad de Ciencias. Después pasó a Salud Pública donde laboró en el Centro de Orientación y Diagnóstico; se trasladó a La Habana en 1967 y fue nombrado psiquiatra del Hospital Militar y después laboró en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. En el transcurso de los años dejó escrita una obra científica de su especialidad de gran valor.
Falleció en La Habana en 1962.

Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

Autora: MSc. Hedy Águila Zamora

Nació en Santa Clara el 25 de junio de 1937.
Realizó estudios en escuelas privadas de Santa Clara, La Habana y Cárdenas. En 1954 se graduó de Bachiller en Ciencias en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara. En el curso 54-55 matriculó la carrera de Medicina en la Universidad de La Habana.
Desde que Batista asumió el poder mediante el golpe de estado del 10 de marzo de 1953,  se vinculó a la lucha clandestina en contra de este régimen. Distribuía propaganda  y participaba en actos de sabotaje, en 1956 fue detenido y torturado en la Habana. Cuando  se clausuró la Universidad, regresó a Santa Clara y fundó el Bloque Estudiantil Villareño. Fue dirigente del Directorio Revolucionario en Las Villas. Ocupó la Jefatura de acción y sabotaje en la zona central de la provincia. Colaboró con el periódico El Villareño y con otro que circulaba clandestinamente, llamado El Baluarte. Murió cuando iba a realizar un importante sabotaje por una bomba que le explotó el 26 de mayo de 1957.
Agustín Gómez –Lubián era poeta, pero su corta vida no le permitió dejar una prolífera obra, y solamente quedó un volumen con 54 composiciones, que sus padres publicaron clandestinamente, alcanzó cinco ediciones de 1000 ejemplares cada una, y con el producto de sus ventas se recaudaron fondos para la Revolución.

Tomado de la aplicación para móviles “Santa Clara y su Historia”. Centro Provincial de Superación para la Cultura de Villa Clara, 2019.

Por: MSc Hedy Águila Zamora.Historiadora de la Ciudad de Santa Clara.

Nació a fines del mes de octubre de 1687, fue bautizado el 27 de octubre de ese año por José González de la Cruz. Fueron sus padres Juan Martín de Conyedo, natural de Asturias y Juana Manuela Rodríguez Arciniega, natural de Remedios.

Quedó huérfano de su madre muy pequeño y el padre se retiró a servir en la iglesia en La Habana por lo que lo adoptaron sus abuelos el Alférez Mayor, Gaspar Rodríguez de Arciniega y Ana Yera. Conyedo con menos de dos años de edad, estuvo entre los remedianos que fundaron a Santa Clara, donde creció hasta que muy joven aún marchó a la Habana a estudiar la carreara eclesiástica, con recursos económicos muy reducidos porque solo contaba con la herencia dejada por sus abuelos que ya habían fallecido también.

Después de ordenarse sacerdote regresó a Santa Clara y en mayo de 1712 fue nombrado sacristán mayor interino de la iglesia parroquial mayor. En este año abrió una escuela con lo que inició en Santa Clara la enseñanza escolarizada.

Acometió la empresa de edificación con mampostería y teja la ermita de Nuestra Señora de la Candelaria para destinarla a convento de San Francisco y con sus recursos personales adquirió la casa y el solar contiguos para ampliar la construcción y establecer el hospital de caridad Nuestra Señora de las Angustias donde atendía enfermos gratuitamente.

Para la reconstrucción de la iglesia mayor, vendió en 1724 un potrerito y un tejar que poseía para apoyar en los gastos de dicha empresa, con sus gestiones obtuvo autorización para algunos beneficios destinados a la iglesia y que el Ayuntamiento le concediera las ganancias de las tierras realengas de la jurisdicción. Cinco esclavos de su propiedad trabajaron en las reconstrucciones de las iglesias y al finalizar les dio la libertad, como les había prometido.

En mayo de 1739 por sus méritos fue promovido a la Catedral de Santiago de Cuba, pero no recibió la comunicación del nombramiento hasta 1741, antes de partir dejó todo organizado con la finalidad de que sus obras pudieran seguir funcionando, por lo que nombró a Hurtado de Mendoza y a Doña Águeda García para que continuaran ejerciendo el magisterio y no faltara este servicio a los niños de ambos sexos.

Permaneció en Santiago de Cuba diez meses porque el clima y su edad le afectaron su salud por lo que se vio obligado a solicitar licencia del Diocesano y del Venerable Cabildo para trasladarse a su ciudad y así lo hizo.

En 1744 comenzó la reconstrucción de la ermita del Buenviaje y la construcción de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, con sus recursos personales y el apoyo de limosnas. Fue nombrado Capellán de dicha ermita.

Estableció una escuela para niños de ambos sexos, aunque funcionaban en aulas separadas como requerían las escuelas de la época.

Ya anciano y enfermo, falleció, antes dejo testamentado que quería que lo enterraran debajo del altar mayor en un ataúd forrado en negro con cintas blancas, pero sus albaceas los presbíteros, bachiller Antonio Hurtado de Mendoza y Don Lorenzo Martínez de Avileira atendiendo a sus méritos, mandaron a forrar el ataúd con tafetán morado guarnecido de galones de plata, y le erigieron una sepultura en alto junto a la pared debajo del altar de San Francisco Javier.

El acto de sepultarlo lo realizó el presbítero Don Cayetano José Pérez de Arciniega, vicario juez eclesiástico y abogado de las Reales Audiencias de Méjico y Santo Domingo; concurrieron los demás sacerdotes y pueblo en general porque Conyedo estaba considerado como “Padre espiritual de la república, su bienhechor y fundador de su Iglesia “.

Sus bienes se distribuyeron en beneficio de sus familiares, los pobres y las iglesias.

Sus restos descansaron en la ermita El Carmen hasta mayo de 1804, fecha que el Obispo Espada y Landa visitó a Santa Clara y ordenó la exhumación del cuerpo de Conyedo para trasladarlo al cementerio aledaño a la iglesia parroquial mayor, pero su cuerpo estaba intacto con sus vestiduras por lo que Francisco del Río, mayordomo de la iglesia en homenaje a Conyedo lo protegió en una caja mandada a construir para esos fines y lo colocó en el depósito de los huesos de las exhumaciones que se hacían del cementerio, hasta que en enero de 1819 el Obispo Espada realizó la segunda visita a Santa Clara y ordenó colocar en una fosa común todos los restos, así se perdieron en otros traslados a otros sitios que tuvo el cementerio y hoy solamente se recuerda a este honorable santaclareño por el obelisco que Marta Abreu mandó a construir en la Plaza Central (actual Parque Vidal), en 1886.