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El güije del Caney
Autor: Florentino Martínez Rodríguez
No hubo en nuestros campos, en épocas pretéritas, un lugar que no tuviera un «güije», siempre que existiera un río con una poza profunda, recoleta entre hojosas yamaguas, entrevesadas cañas bravas o esbeltas macaguas; propicia para la vida apacible y huidiza de estos seres mitad pájaros, mitad cuadrúpedos, creados por la fantasía popular, que los circunscribió a la vasta región que va de Las Villas a Oriente, ya que no hay noticias de que hayan existido en las provincias occidentales.
El Dr. Fernando Ortiz, eminente autoridad en nuestro folklore, ha estudiado el origen del «negrito duende», que parece ser africano—y así lo admite Abelardo Mascaró, que ha tratado el tema ampliamente, contra la opinión del primero, de que el «güije fue creado por la imaginación india», y de ahí que Mascaró lo llame «fantasma de África y ciudadano de Cuba».
No es esta ocasión—ni tenemos autoridad alguna— oportunidad para adentramos en la genealogía de este duende, o lo que sea; ni a puntualizar si era pez, cuadrúpedo o el «negrito enano» que algunos han creado; reiteramos sólo lo dicho al principio, respecto a su relativa abundancia en nuestros campos, como lo confirma e1 precitado Mascaró, al dejar sentado que muchos lugares de Cuba, tienen un charco llamado del «Negrito» o del «Güije», y hay muchas leyendas, referencias o tradiciones acerca de su existencia, entre las que se destaca la de Manuel Martínez-Moles, que sitúa el suyo en un charco del río Yayabo, en Sancti Spíritus.
Concretándonos a lo nuestro, a lo del patio, y desenterrando de nuestra memoria recuerdos de la niñez, dejamos constancia de que había entonces, o había habido antes, campesinos que juraban a pie juntillas, haberlos visto tomando el sol, junto al tronco de una palma, o entre los tentáculos de un viejo jagüey, y los describían con todos sus pelos y señales. Lo de pelos es un decir, porque no está muy en claro si los tenían o estaban cubiertos de escamas, que en esto variaban las opiniones; y si se les acosaba para que puntualizaren su aspecto y características, concluían por confesar, si no querían aparecer como embusteros descarados:
—Bueno... francamente; no me atreví a mirarlo bien. Creí distinguir una cosa rara a la orilla del agua, en la poza del Güije, y creí que era eso: un güije.
—¿No sería una jicotea?
—¡Compadre! ¿Usted es bobo? Una jicotea se parece a un güije, como un cabo de lezna a un yugo de arado.
—Y si no lo vio, ¿cómo sabe que no se parece a una jicotea?
—Le digo que vi una cosa extraña... Ahora sí; quien lo ha visto más de una vez, es mi primo Tribucio, y dice que parece un negrito en cuclillas.
Y así por el estilo. Eso era todo lo que se podía averiguar acerca de la existencia del güije, aunque se le preguntara al primo Tribucio. ¡Pero abundaban, vaya que si abundaban!; y Villaclara, que no podía escapar de esa creencia popular, tuvo un Güije. Todo lo dicho anteriormente no tiene otra finalidad, que la de inclinar el ánimo del lector a que nos acepte la afirmación: Villaclara tuvo un Güije.
No podía ser en el Bélico, más o menos urbanizado en una y otra banda, sin pozas entre árboles; pero bien podía serlo en el Cubanicay, que discurría entre predios rústicos, acercándose unas veces, y alejándose otras a la población, en su tranquilo giro, y con alguna que otra poza más o menos profunda; entre ellas, la del Caney, que fue donde sentó sus reales nuestro güije; enorme y profundo charco sombreado por tupidas cañas bravas, y hoy desaparecido por haberlo terraplenado el ferrocarril de Cuba, para el emplazamiento de su patio terminal; charco que fue durante muchos años, balneario, playa y escuela de natación de tres o cuatro generaciones de Punta Brava y lugares limítrofes. Para los que no lo sepan, Punta Brava se llamaba el cruce de las calles de Conyedo y San Francisco Javier, hoy Maceo; alcanzando el nombre a los lugares aledaños.
Algunos de aquellos bañistas de entonces presumieron de haber visto el Güije; y tanta popularidad llegó a alcanzar, que su retrato... o la concepción que de tal criatura tuvo un dibujante pilongo, por las descripciones que hacían los que aseguraban haberlo visto —bastantes discrepantes las más de las veces—se publicó en la revista «El Mosaico», fundada por el doctor José B. Comide en 1893; cuando ya el güije, hay que confesarlo, iba de capa caída.
Todavía más. Nuestro inolvidable poeta Antonio Vidaurreta y Alvarez le dedicó unos versos festivos, con todo el gracejo que él sabía imprimirles, cuando le daba por ahí, por lo festivo. Eran muy populares, por entonces Miguel Aniceto Pérez de Mejo, perpetuo escribiente de juzgados y tribunales, el que jamás usó un saco cuyas mangas le llegaran más allá de cuatro pulgadas por encima del puño de la camisa; y Mano Sosa, cuyo nombre de pila pocos conocían, y suponemos que lo de «mano» se debiera a que las tenía anquilosadas, con los dedos rectos, pero apuntando cada uno en una dirección distinta, lo que no era un impedimento para que manejara hábilmente los pinceles como pendolista, que era su profesión u oficio.
Vidaurreta, en los versos citados, le achacaba al cuadrúpedo acuático del Caney, a nuestro güije, entre otros maleficios muy corrientes o sabidos, que había sido...
El que a Miguel Aniceto
le dejó las mangas cortas;
el que le torció las manos
al artista Mano Sosa...
La Guerra de Independencia desparramó los pocos bañistas, los últimos que habían quedado en el Caney, muchos de los cuales se marcharon a la manigua; y como a poco de establecida la República, comenzaron los trabajos de la construcción del ferrocarril de Cuba, precisamente por los alrededores del Caney, no sabemos a dónde fue a parar el güije, que tantos sustos había hecho pasar a chicos medrosos y a comadres de aspavientos.
Por efecto de la reconcentración de los campesinos, en los últimos años de la contienda bélica, los campos quedaron desiertos, y parece que también desaparecieron los güijes, no teniendo ya a quien asustar. Más tarde, cuando ya la especie se había extinguido, como otras varias de nuestra fauna, el poeta Guillén escribió su «Balada del Güije», que parece ser el requiescal in pace de la especie.
Tomado textualmente de: Martínez, Florentino (1959): Ayer en Santa Clara. Departamento de Estudios Hispánicos, Universidad Central de Las Villas.
Se ha mantenido la redacción y ortografía con que fue publicado este texto originalmente.