Autor: Manuel García Garófalo
Una alegre mañana del mes de Mayo, un robusto muchacho que prestaba sus servicios como mandadero en una Hacienda que se extendía al Norte de la Villa, estuvo en misa, en la ermita de la “Divina Pastora”, que se alza sobre una planicie hermosa, dominando toda una extensa barriada, y el joven quedóse prendado de una linda muchacha, hija del sereno de la Villa.
Entusiasmado, por los encantos de la joven, sintiendo en su alma los dulces sobresaltos del amor, soñando con un mundo de esperanzas y de dichas, no daba con los encargos, y olvidábasele sus obligaciones y servía mal en sus faenas del campo.
De tarde, cuando el sol se iba lejos, ocultándose con un adiós de fuego y grana detrás de las grandes lomas y el cielo cubríase de estrellas, y el río corría murmurador por su viejo cauce de peñas cubiertas por el musgo verdoso, el muchacho recogía algunas flores silvestre y encaminábase a la Villa, para dárselas al ídolo de su amor.
La muchacha llamábase Esperanza, era una gran moza, alta y robusta, de negros y rasgados ojos, llenos de pasión y de amor; no parecía una flor nacida en el corazón de una barriada, sino una flor delicada cuidada y educada con esmero.
No dió Esperanza entrada al amor del muchacho, y si aceptaba las flores y las múltiples demostraciones de amor, era por amistad.
Sucedió una tarde, que al regresar del campo, conduciendo su ganado el muchacho, se enteró que Esperanza estaba enferma, en cama; y como pudo, encerró en el corral a su ganado y montado en su potro volaba por las sabanas hasta ganar la Villa, que destacaba su perfil blanco entre el claro obscuro de la noche.
En los momentos en que reuníase en la casa todos los vecinos y un curandero, que hacía las veces de médico en la Villa, llegó el muchacho asustado, temeroso y entristecido. Era necesario ir a las lomas del “Escambray” y traer ciertas yerbas para hacer de ellas un cocimiento para poder devolver la salud a la encantadora niña, al ídolo de su amor, y en ese instante no había en toda la Villa una diligencia, ni un mandadero que se prestara. El curandero recomendó que era caso de urgencia y había que ganar tiempo, dependiendo la salvación de Esperanza de las hierbas...
Desapareció el muchacho, nadie notó su ausencia de la casa. Sobre su potro dorado, como centauro arrebatado, corría por las sahanas y saltando obstáculos y vericuetos, ganando terreno, volaba el jinete en medio de la oscuridad de la noche. Conocedor de aquellos montes, pudo en pocos instantes llegar al arroyo del “Escambray” y cruzarlo de un salto. Amarró su potro y ascendió al monte con el corazón lleno de dulces esperanzas... De peñascos en peñascos, ganó los altos picachos y los primeros claros de la aurora alumbraron al muchacho, que entre picos ásperos y largos, cortados por la naturaleza como hachazos, buscaba las hierbas recomendadas y que él conocía. En el final de un pequeño declive, encontró un montón de la hierba, que cubría un nido, echó fuera el nidal y arrancó con segura mano las hierbas, seguía en su labor y pudo llevar una buena cantidad. Desde aquel mirador, contempló la pequeñita Villa que casi ni se destacaba en el valle. Descendía lentamente, y algunas piedras caían a su paso. La Sierra del Eseambray, álzase grande y orgullosa, como dando mareo al valle que se extiende a su pie, es negruzca, es áspera, no tiene en sus laderas ni palmas ni flores, es una mole que se estira y que parece querer cortar con sus picachos el cielo.
Llegó el muchacho a la casa de Esperanza y fué una gran sorpresa que encontrara las hierbas, que devolverían la salud a la hermosa joven que en el lecho del dolor quejáhase continuamente.
Pasaron los días y los meses, y una tarde, de fiesta, cuando Esperanza con otras amigas paseaba por la Plaza, el joven dirigiéndose a ella, declarándole su amor.
En aquella entusiasta declaración, humilde y elocuente, donde puso toda la sinceridad de su amor y toda la pureza de su alma, modesta y buena, todas las ansias de su vida, fué rechazada, enérgicamente con un brusco arranque de soberbia y vanidad.
No era posible que la hija de un sereno pudiera querer al labrador y mandadero de una hacienda, el nivel social, para ella no era igual y no podía dar ni siquiera una dulce esperanza de consuelo…
La luna iluminaba todo el valle, repercutía por las sabanas los cascos del potro al pisar las piedras que el eco repetía, y como una sombra, los árboles mecíanse con ritmo de un vals.
El pobre muchacho llegó a su hacienda, su perro con ladridos de felicidad salió a su encuentro, pero no recibió las pruebas de afecto que otras veces recibía de su entristecido amo.
En el fondo del alma de decepcionado muchacho el dolor había hecho nido, y sufría en el silencio de su pena, el más horrible de los desengaños.
Una mañana como de costumbre, llevaba su ganado a través de los potreros, un toro, ensoberbecido, embistió a su caballo causándole heridas al jinete que fué ensartado en los cuernos de la bestia que le causó en el acto la muerte, y el ganado espantado corrió por la sabana lanzando bramidos…
La noticia de la muerte del joven causó tristeza en todas las haciendas, en toda la Villa, donde se le dio cristiana sepultura, una tarde, en el atrio de la iglesia, ni una flor ni una oración tubo para el infortunado joven, la ingrata Esperanza, que no sintió, al paso del cadáver, ni el agradecimiento por haberle salvado la vida…
A los pocos días apareció en lo alto del campanario de la ermita de la “Divina Pastora”, una calabaza, florida, que fué por toda a vida el horror de Esperanza, que la contemplaba con temor y remordimiento.
Esa calabaza que por obra del arte surgió desde entonces, desde lo alto de la torre donde están las campanas, señala a la juventud un hecho, indica al caminante un suceso y simboliza, que un amor sincero y puro, fue rechazado por el orgullo de una joven, cuando el verdadero amor no reconoce diferencias; es como el agua que no puede ser presa de un dique.
Desde lo alto de la torre, la calabaza es respetada por el tiempo y por los hombres, y es contemplada por todos los que transitan por aquella barriada, que quizás ignoren el por qué de existir en lo más alto de la torre “La calabaza de la Pastora”.
Tomado textualmente de: García Garófalo, Manuel (1925): Leyendas y tradiciones villaclareñas.
Se ha mantenido la redacción y ortografía con que fue publicado este texto originalmente.